Dedos nonagenarios que recuperan los edificios esplendorosos de A Pobra

María Xosé Blanco Giráldez
M. x. Blanco RIBEIRA / LA VOZ

BARBANZA

carmela queijeiro

Ha recreado el pazo de A Mercé en su mejor época y ahora está con villa Eugenia

14 oct 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Hacer una buena maqueta supone un proceso lento y meticuloso, que implica tener destreza, paciencia y un buen pulso. A sus casi 92 años, el pobrense Manuel Martínez Rodiño practica este arte con gran acierto. Sus manos han hecho posible que antiguos edificios del municipio recuperaran el esplendor de épocas pasadas. Trata así, a su manera, de ponerle remedio a la pena que le produce ver como el deterioro hace mella en algunos de los elementos patrimoniales más destacados de la localidad.

Tenía 15 años cuando sus dedos dieron forma a la primera maqueta, una reproducción del acorazado Bismarck. Su hermano Luis hizo un casco que él completó con todo tipo de detalles, incluidos unos cañones giratorios. Manuel Martínez dice con orgullo que esta obra está expuesta en el edificio de la Capitanía Marítima de Madrid.

Ilusionado con las felicitaciones recibidas, el pobrense se lanzó a hacer pequeñas maquetas de barcos que le encargaban familiares y amigos: «Envié cinco para Estados Unidos y repartí muchas por aquí». Cuando se jubiló, tuvo al fin tiempo para dedicárselo a su gran pasión y se atrevió con una reproducción de la casa consistorial. A este edificio le siguieron otros, como la iglesia de O Maño y la Torre de Bermúdez. Pero hay uno del que está especialmente orgulloso: el pazo de A Mercé.

Obras cedidas

Con la elaboración de la maqueta del conjunto histórico en el que Valle-Inclán vivió su etapa más prolífica, Manuel Martínez buscaba de alguna forma retener los recuerdos de su infancia: «De niño pasaba por A Ribeiriña cada día y me quedaba mirando el pazo. Allí también jugábamos e incluso asistíamos a misa. Con el paso del tiempo, comprobé con pena como el edificio estaba cada vez más ruinoso». Pero él lo inmortalizó tal y como era en su época de esplendor, con sus vidrieras blancas y sus balcones de forja, para ceder la obra al Ayuntamiento pobrense y contribuir a que todos los vecinos pudieran recordar el conjunto tal y como era en el pasado.

Con el paso del tiempo y en vista de que la maqueta no estaba expuesta en lugar alguno, el artista reclamó su obra y, tras mucho insistir, esta apareció dentro de una caja con destrozos importantes. Ayudado por un sobrino, Rafael Pérez Martínez, Manuel ha dedicado los últimos meses a reparar su querido pazo de A Mercé en miniatura y se lo ha cedido después al Museo Valle-Inclán, cuyos fondos engrosan ya otras dos creaciones suyas: las maquetas de la casa consistorial y de la Torre de Bermúdez. Su única ilusión es que el público pueda disfrutar de sus creaciones y rememore con ellas el brillante pasado de la villa a nivel arquitectónico.

Un nuevo reto

Con este mismo propósito ha afrontado el maquetista de A Pobra el reto que le ha planteado el director del museo dedicado al creador del esperpento, Antonio González Millán, que pasa por hacer una reproducción de otra de las casas en las que residió el escritor: villa Eugenia. Sigue contando para esta misión con la colaboración de su sobrino, que admite que es un mero ayudante: «El mérito es todo suyo, que es el que sabe e incluso tiene más pulso que yo».

Rafael Pérez explica que han partido de una fotografía del histórico edificio, que les ha servido para ir calculando las medidas, a partir de las que le han empezado a dar forma a una maqueta a escala. Manuel Martínez asegura que es este proceso el que resulta más complicado: «Estos cálculos constituyen la parte más compleja, pero son imprescindibles si lo que se busca es que la obra final sea lo más realista posible».

El artista sostiene que afronta el encargo con ilusión y con la gran pasión que despertó en él cuando era un chaval el maquetismo, un proceso que no esconde secretos: «Solo hay que tener afición y paciencia, pues es un trabajo delicado para el que se necesita invertir mucho tiempo».