Campechanos

Alicia Fernández LA CRIBA

BARBANZA

Que ya a una no le queda nada por ver, pues se me han caído más mitos que Yosi de un escenario. Que si la corrupción fuese un virus -que no les aseguro que no- España tendría que estar aislada de Europa. O más bien habría que dinamitar por los Pirineos y ejercer de Holandés Errante Atlántico arriba, Atlántico abajo.

Y es verdad que eran un secreto a voces las veleidades y aventuras amorosas, entre vapores sospechosos, del Emérito; el más alto representante de esa institución que debíamos idolatrar, más que respetar; merecedora de oropeles y genuflexiones. Y mira tú que mientras muchos de sus súbditos hacían números para llegar a fin de mes, él se movía entre propinas de cien y sesenta y cinco millones de eurazos. Que ya lo decían los viejos: el dinero que llega fácil marcha más fácil. Y ha tenido que ser la Fiscalía de Suiza -ese país que nos decían era la cueva de Alí Babá- la que nos moje la oreja, la que nos marque la huella de un 45 en nuestros ya sufridos genitales.

Lo mismo de campechana que la ministra de Igualdad, Irene Montero, que dice que «sola y borracha quiero llegar a casa». Puedo entender lo que sus diseñadores pretendían comunicar con esta campaña, pero más claro tengo que es muy desafortunada. Por dos cuestiones: primera, el alcohol mata mucho más que la violencia machista y, segunda, ese ministerio, que examina con lupa soflamas, lemas y léxico de todos, debería ser mucho más exigente con lo que comunica. No se trata de una ocurrente proclama para una manifestación, es una campaña institucional que llegará incluso a los colegios. Hay que ser un poco más responsable.