El cambio climático


El gran problema del cambio climático no es la negación, es la indiferencia (El planeta inhóspito, de David Wallace). La cuestión no es si hay o no cambio climático, sino cuánto sufrimientos seremos capaces de soportar para seguir superviviendo. Los efectos de la crisis serán devastadores, se haga lo que se haga.

Ya es imposible impedir el cambio y el aumento de la temperatura, a decir de los climatólogos. La cuestión es cuánto sufrimiento va a producir ese incremento de dos grados que en un magnífico trabajo de La Voz de Galicia se anunciaba como inundación de gran parte de las zonas costeras de Barbanza. Cada grado que se reduzca evitará una gran cantidad de sufrimiento en las poblaciones más desfavorecidas o colectivos sociales menos protegidos. Esperar conservar la situación climática actual es condenarnos al fracaso, el problema no es técnico, es geopolítico. La cumbre de París fracasó y la de Madrid también fracasará porque ningún país va a cumplir su compromiso de controlar las emisiones de CO2, sobre todo, cuando los grandes contaminadores del planeta, USA, China, India, Rusia y Brasil, se han negado a acudir siquiera al evento donde la estrella es una niña sueca con pinta de mala leche (¿de verdad creemos que el futuro de nuestra sociedad depende de una nueva Juana de Arco, aquella, fanática religiosa; esta, fanática ecológica?). Tomar decisiones que afecten a nuestro derrochador modo de vida consumista es caro y difícil porque genera daños colaterales.

Los expertos confirman que vivimos en un planeta con la temperatura más alta desde que la humanidad se abrió un hueco en la cadena evolutiva. Este aumento repercutirá en las zonas cálidas de Oriente Medio y en el corredor seco de África central, donde será muy difícil soportar el calor o simplemente salir a las calles. Consecuencia inmediata será una migración climática hacia territorios y ciudades con agua y aire acondicionado, que a su vez para sobrevivir emitirán más y más CO2 a la atmósfera y más calentamiento global y más desigualdad. La gran equivocación es plantear la cuestión en términos de si se puede evitar o no el cambio climático: el cambio climático ya está aquí y la temperatura seguirá subiendo. La cuestión es otra: decidir a qué temperatura vamos a tener que acomodar nuestro modo de vida, cuál será su coste y quién estará en disposición de pagarlo. Los que se aprovechan de nuestra indiferencia tienen mucho poder y consiguen influir en políticas que no cambian las cosas, pero nos distraen en enredos del diésel o del plástico o con ideas equivocadas, ¿por qué la derecha cree más a Trump que a los premios nobel de física?

Frente a este problema la respuesta que vemos a nuestro alrededor es la verbena lumínica municipal en una carrera sin sentido por conseguir la mayor fritanga y el premio Guinness al derroche energético del planeta. Más teléfonos móviles es más litio y más destrozo de la Amazonia. Más ordenadores es más guerras en África para conseguir el control del coltán, un mineral escaso y muy preciado. Este nuevo «oro negro» es la «estrella» de los minerales de sangre que hace funcionar nuestros portátiles.

El siglo XX fue el de la globalización, el siglo XXI será la vuelta a una refundación de un neofeudalismo atrincherado entre muros para resistir las olas migratorias desde las zonas invivibles del planeta.

¿Quién será el nuevo Atila que ponga fin al imperio romano?

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