El país de los controles marítimos


Salgo a la mar en mi barco de recreo, y me siento como el viejo capitán que soy. Enfilo la salida de la ría de Arousa y empiezan a aparecer los diferentes vigilantes y custodios que pueblan el proceloso océano. Ahí están las embarcaciones de las cofradías de pescadores controlando a sus socios, y a otros que pretenden pasar por serlo; sin que los númerus clausus de unos pocos permitan el acceso de otros cuantos tal vez más necesitados.

No tardo en ver un barco de la Consellería do Mar, haciendo de vigilantes mayores de la actividad pesquera que se ejerce en las llamadas aguas interiores de la comunidad autónoma.

Al punto, en lontananza, diviso las líneas del Paio Gómez Chariño, del Servizo de Gardacostas de Galicia, también dependiente de la Consellería do Mar, por si los otros no llegaban.

Pronto se deja ver una veloz embarcación de Aduanas (SVA) que, cuando sus mandos se aburren o se les escurre alguna planeadora, se dedica a cachear al azar o al «pito pito gorgorito», a veleros como el mío; aunque son conocedores de que un año sí y otro también estamos dando vueltas por la ría o rodeando la isla de Ons, disfrutando del dolce piacere di non fare niente.

No tarda en aparecer Semar, la Guardia Civil del Mar. Ese cuerpo que, sin tricornio visible, nació de una confusión de siglas. Como lo oyen; pretendiendo crear el cuerpo de Guardia Costera (GC) habido en la República, un ínclito ministro de Fomento, interpretando las siglas GC a su ignorante manera, convirtió el necesario servicio de Guardacostas en la novedosa Guardia Civil del Mar. Y el tal benemérito cuerpo se dedica a vigilar todo lo que pilla: pesca, titulaciones, seguridad, equipamientos, etcétera.

Encontrándome a las puertas de la ría, entre Sálvora y San Vicente, me cruzo con una patrullera de la rama marítima de la Armada Española, con su característico color gris y la letra P seguida de dos cifras. Estas unidades, conocidas como buques de guerra, se dedican a controlar nuestras fronteras marítimas y aguas adyacentes, prestar asistencia a quien lo necesita y cuantas otras operaciones les venga en gana; pues por eso van armados con diez cañones por banda haya viento o no lo hubiera.

Y veo, cual capitán pirata, allá a mi frente, un buque del Ministerio de Fomento, los Sasemar. Igual que los de la Guardia Civil, pero con Sa, dedicados a vigilancia y salvamento.

Y empecé a contarlos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… ¿Saben una cosa? No hace mucho, navegando en una embarcación deportiva por el Potomac (sí, uno tiene la suerte de conocer Washington desde su famoso río), nos paró una patrullera de la Guarda Costera. Me identificaron amigablemente y, después de pedir mi pasaporte y la póliza de seguros de la embarcación como única documentación, charlando con los agentes, pude enterarme de que en ese inmenso país solo existe la Guarda Costera para controlar todo lo que aquí se hace con el mencionado batiburrillo de medios, organismos y entidades.

Y entonces, allí, a la vista del imponente Capitolio, acudió a mi memoria la célebre frase de Tácito: «In corruptissima republica plurimae leges»… Y sentí pena pensando en los desmanes y en el innecesario derroche que, para tal menester, padece mi querida España.

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