Nunca han sido los ciudadanos de Barbanza personas que dejaran ver pasar la vida sin mostrar las armas con las que estaban dispuestos a dar la batalla, y las últimas movilizaciones así lo demuestran. Los barbanzanos se concentraron en defensa de la sanidad y la educación públicas, contra el recorte de los cupos de pesca, acudieron a Bruselas para defender la actividad de la flota del xeito o para exponer la injusticia del deslinde de Costas en lugares como Os Areeiros.
Ahora son decenas los jubilados que salen a la calle en protesta por unas pensiones de miseria. Las movilizaciones más concurridas se realizaron primero en Noia, donde cada lunes hay concentraciones de protesta, pero se han extendido rápidamente a otras localidades, como sucedió ayer en A Pobra.
A ellos se suman los emigrantes retornados, que desde hace años se mantienen incombustibles en su reclamación de un trato de igualdad en sus aportaciones tributarias. Pelean en las calles y lo hacen también en los tribunales.
Y no puede dejar de recordarse a los rianxeiros que, desde hace siete meses, mantienen su encierro en la casa consistorial para reclamar un centro de día.
También en la jornada del 8 de marzo se escucharon de forma alta y clara las voces de las mujeres barbanzanas, dispuestas a marcar el paso en la revolución feminista que es necesario realizar.
Los vecinos no están dispuestos a permitir que se pisoteen sus derechos, ni a que el dinero que les correspondería recibir por una vida de trabajo acabe sirviendo para pagar la codicia de los bancos o los desmanes de políticos que no han sabido respetar debidamente el dinero público.
La comarca se levanta y cada vez son más los movimientos reivindicativos que se llevan a cabo. Además, los ciudadanos muestran constancia. No se trata de actos de un día que luego pasan a la historia de los recuerdos. Están dispuestos a dar la batalla hasta final.
Los gestores de las cosas públicas, tanto locales como autonómicos o centrales, no deberían perder de vista lo que sucede fuera de las grandes ciudades. Más allá del esperpento catalán hay vida y tiene mucho que decir.