Los perros ladran, cabalgamos


Eso de las plataformas digitales está generando Alonsos Quijanos por todas las esquinas. Personajes que de tanto vivir con la mirada clavada en su teléfono móvil u ordenador, de tanto teclear, una mañana se despiertan informadores, cogen su armadura y armamento, se suben a una burra, y hala, a derribar molinos de viento. En su locura, montan un mundo paralelo y deciden recorrerlo salvando doncellas (o doncellos), y no se avienen a entender que, en realidad, están como cabras, que eso de largar una estupidez al limbo digital y que te conteste la parienta (o el pariente) que se encuentra en la habitación de al lado, o el tonto (o la tonta) acomplejada (o acomplejado) que no sale de casa por la agorafobia que le produce su propia ignorancia, o la pelota (o el pelota) de turno, lo único que hace es agravar su quijotera demencia; que no, que no, que no son informadores, son, como Don Quijote, caballeros (o damas) andantes que entablan batallas imaginarias allí por donde cabalgan, puede que para dar sentido a sus andanzas. Pero es que lo suyo no es liberar islas Baratarias, porque no existen, ni son caballeros (o caballeras) andantes, que esos (o esas) son personajes inexistentes, y aquello que se mueve, no son gigantes, ni molinos de viento...

Atiendan señoras (o señores) sus quehaceres, ocúpense de lo que tienen que ocuparse, que el juguetito que tienen entre sus manos probablemente les acabe haciendo más daño del que ya les ha hecho. Que el método de desactivar a los medios de comunicación para controlar la información es ya muy viejo, solamente tienen que repasar la historia, la de verdad, no la imaginaria de la obra de Cervantes, para saber que, curiosamente, eso no suele ocurrir en democracia, sino todo lo contrario, que ese es siempre el primer paso de los golpes de estado.

Pero es que ustedes, Alonsos Quijanos, están inmersos en una paranoia tal que les acabará pasando factura, si en realidad ya no se la pasa cada día cuando se presentan ante el público con esa triste figura que les inflige su esquizofrenia paranoide.

Recuerden que si los perros ladran es porque cabalgamos, y ustedes ladran mucho, de hecho, ladran más de lo que hablan, de lo que hacen, o quizás ladren simplemente para que el sonido desvíe la atención de su incompetencia, o de su soledad dentro de esas dependencias tantas horas queriendo no hacer, pero estando para que otros no entren. Les pasará como a Alonso Quijano, que seguramente les llegará la lucidez en el lecho de muerte, pero será demasiado tarde, y se marcharán sin pena ni gloria.

Y esto ocurre en más de un lugar de Barbanza de cuyo nombre prefiero no acordarme, o sí, pero me lo guardo.

Por Moncho Ares CIUDADANA

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