Náusea


Ya no alcanzo a recordar las ocasiones en que me he sentado frente al portátil con el ánimo sincero de escribir algo agradable y las pocas veces que finalmente he logrado mi propósito. Tampoco les voy a engañar, no soy Paulo Coelho ni Mary Poppins. No figura el sosiego como una de mis escasas virtudes; soy más de Gabriel Celaya: «…maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse». Pero todo cansa. Cansa estar siempre de mal humor contra el mundo, pero ¿qué hacer?

¿Cómo se puede mirar hacia otro lado ante aberraciones como la de Arsenio Fernández de Mesa? ¿Cómo un personaje de paupérrimos méritos puede llegar a ser, en primer lugar diputado, después delegado del gobierno en Galicia, director de la Guardia Civil y ahora consejero de Red Eléctrica? Este señor, que encarga un retrato pagado por todos nosotros en el que lo pintan como un general del XIX, siendo auxiliar de jardinero -todos mis respetos para los jardineros, trabajo digno y hermoso-, tiene por méritos los de ser paladín de la fijación capilar; ser pésimo portavoz de la crisis del Prestige o ser miembro del Partido Popular y amigo del actual presidente desde la adolescencia.

Lo peor de todo es que en la oligarquía política se viene repitiendo esta práctica hasta la náusea, ya no como algo habitual, sino natural, como el fluir de los ríos o la subida de las mareas, escudándose en comparaciones ridículas sin recibir castigo de sus votantes.

Y a este triste junta letras se le quitan las ganas de seguir cargando contra molinos. Váyase el país a la mierda que al menos no nos cogerá de sorpresa. Suspiren.

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