Silencioso como un ladrón inesperado, el invierno va devorando al otoño como un león paciente que se ha pasado la jornada esperando el momento justo de atrapar entre sus garras a una gacela incauta. El pelirrojo otoño se deja dominar y hasta se duerme en sus brazos asumiendo su muerte y la separación definitiva del paisaje en el que creció pastando en la sabana. El otoño, como la gacela que entrega satisfecha su vida, recuerda sus viajes anuales buscando el agua de la vida, el río que cantaba canciones de amor arrullado por un coro de cocodrilos invitados al banquete.
Es cierto; entre peligros desconocidos y alamedas inmensas como desiertos desnudos, transitamos consumiendo soles, lunas y estrellas. Acechan el cocodrilo y el león, y sobre nuestras cabezas bailan su danza macabra los buitres balanceándose en los columpios invisibles del cielo. «El tiempo se va pasando, como la vida no vuelve más, el tiempo me va matando...», cantaba Jorge Cafrune, camino de Yapeyú cuando un león civilizado, una camioneta, lo arrancó de este mundo y aún hoy busca el paraíso de las gacelas inocentes. Así pasamos la vida. Pastando en el celofán verde que envuelve las mentiras y la hipocresía que domina la tierra, esta tierra que podía ser un jardín abarrotado de frutas y de cataratas, de pájaros y de escarcha bordada por abejas.
Aquel tiempo de castañas de nuestra niñez se derrama ahora gota a gota sobre las horas contaminadas por la terquedad de nuestro empeño en destruirlo todo. Gentes que a ojos vista roban, saquean y desprecian nuestros más elementales derechos y libertades son alzadas a la gobernación por nosotros mismos, nombrados amos y señores de nuestras vidas por nuestra propia voluntad. Las castañas se pudren en la cesta universal de este otoño que se deja seducir por el invierno cruel en el que millones de hermanos se mueren de frío, de hambre y de sed al otro lado de la calle. La mar hace su trabajo y, siguiendo el rito natural de la vida, los engulle para que luego sirvan de alimento a los peces que pronto llegarán a nuestras mesas y servirán de sustento a nuestras refinadas vísceras.
Con el tiempo de castañas rodaban el trompo y el aro frente a los magnolios y no podíamos darnos cuenta de que aquellas alegrías de boj prefiguraban lo que habría de ser nuestro futuro. Vueltas y vueltas vagando por la costanera tomada por el tiburón y por los senderos poblados de serpientes. No éramos conscientes de que aquellas brillantísimas castañas, escondían en su vientre el gusano de la desmemoria, de la locura colectiva, del desamparo final. Por eso nos dejamos ir y, al contrario que la gacela incauta que entregaba su vida enamorada al más noble león de su reino, nos dejamos devorar por las más despreciables fieras en un suicidio deshonroso y desesperado.
Las castañas de otoño, mueren de pena y de frío. Despeinadas y enfermas, sin que nadie acaricie su piel de espinas, respiran fatigadas con los ojos muy abiertos viendo como se agitan las alas del viento del norte en el que viaja el invierno. Pronto solo habrá una única estación. Y todos seremos muñecos de nieve a los que los niños de los poderosos flagelarán con las ramas podridas del árbol de la vida que dejamos morir de sed y desamor.