Adiós 2015, adiós

BARBANZA

A escasas horas de plantarnos ante la tele para cumplir con la tradición de despedir el año a golpe de uvas y campanadas en la Puerta del Sol, toca hacer balance de este 2015 que está a punto de expirar. Y se mire por donde se mire, el que se acaba ha resultado ser un año convulso que tiene toda la pinta de querer despedirse dejando un halo de crispación en el ambiente.

Los últimos doce meses han sido convulsos en lo político, empezando por la celebración de las elecciones municipales de mayo, que se saldaron con más de una sorpresa en las alcaldías barbanzanas, y acabando por unos comicios generales que coincidieron con los villancicos y el turrón y que han dejado en el Parlamento un panorama inédito en la historia más reciente del país.

Pero, sobre todo, el 2015 ha sido un año convulso en lo social. La ciudadanía se ha movilizado, no solo en las urnas, sino también sacando a la calle sus reivindicaciones, y lo siguen haciendo. Ahí siguen, contra viento y marea, capeando temporales, celebrando la Navidad bajo un trozo de plástico, los marineros del cerco. Piden un reparto justo y no parecen dispuestos a levantar su campamento a las puertas de San Caetano sin lograr su objetivo. Y también los ganaderos, que después de tractoradas, huelgas y un acuerdo que supuestamente iba a resolver el problema continúan peleando por lograr un precio justo por la leche que evite que pierdan dinero por trabajar.

Curiosamente, precisamente, son profesionales del mar y la tierra, dos de los pilares productivos que sostienen la economía gallega, y también la barbanzana. Da que pensar que, quizá, merezcan más atención de la que están recibiendo por parte de los que tienen en su mano resolver sus problemas, porque si ellos se van a pique, los demás también.

Las aguas andan también revueltas a cuenta del anteproyecto de la ley de acuicultura. Está generando un gran rechazo en el sector pesquero y marisquero y, aunque todavía no se han organizado grandes manifestaciones, los legisladores deberían aprender a escuchar a los directamente afectados por sus decisiones antes de empujarles a plantar un campamento en Santiago o a colapsar el tráfico con sus tractores. Como poco, ahorrarían tiempo.

Ahí siguen también, erre que erre, un mes detrás de otro, los emigrantes retornados, haciendo ruido, contando sus dramas, la injusticia que se cierne sobre ellos, su desesperación por el dineral que les exigen y que muchos de ellos no tienen. Ahí están, más solos que la una, buscándose la vida para que no les castiguen por haberse buscado la vida en la emigración.

Y seguirán, ellos, los marineros y los ganaderos. A no ser que los deseos se cumplan y, con el adiós al 2015, se vaya también la injusticia.