Ciudad

Maxi Olariaga

BARBANZA

He estado, mire usted, un par de días con sus noches en la ciudad. Hacía tiempo que no trashumaba en busca de pastos frescos y aguas nuevas. Llegué inocente y feliz como un niño mesetario que no habiendo visto nunca la mar, halla su desmesura. Así como a ese niño lo  zarandea la alegría  ante la belleza exagerada de las olas que dejan al descubierto en su desplome collares de nácar y algas tal vez olvidados por las sirenas, el efecto que en mí produjo el reencuentro con la ciudad fue la angustia. Había olvidado ese vivero de almas que sube y baja las calles sin desprender una mirada, un saludo, una pizca de cielo. Ese cruce constante y perpetuo de caminos anónimos en los que nadie respira el aire de su compañero de viaje. Ese hacinamiento de sangres, de suertes y de razas al pie de los semáforos con la vista fija en el muñeco rojo que destella al otro lado de la acera. 

Había olvidado el trasiego de decenas de autobuses rodeados de automóviles que viajan unos cientos de metros y descargan a sus pasajeros aparentemente sin rumbo, sin patrón y sin bandera, como diría el Serrat, navegando sin timón adonde la corriente quiera. Sin embargo, al igual que yo, son seres humanos roídos cada día por el colmillo afilado de la fiera que sobrevuela el asfalto columpiándose en los anuncios de neón. Seres humanos que respiran el desamparo y la soledad mientras transitan hollando las aceras en las que no queda huella  de su paso. En la ciudad es más fácil discernir el bien del mal, el hambre de la saciedad y la locura de la vulgaridad. Me sentí, pocas horas después de abordar los muelles en los que atracan los grandes edificios, perdido y alienado. No negaré que se puede llegar a estar bien sentado en una terraza en la plaza mayor de la ciudad bebiendo un café mientras te acaricia la luz del otoño, pero enseguida se te aparece el espectro de la maldad danzando en la mano muerta que te tiende un cuerpo joven devorado por las drogas. 

Vuelvo a casa aniquilado por la visión de lo que hay al otro lado de mi frontera y me reafirmo en que me quedo para siempre soportándome a mí mismo y a las lágrimas y alegrías de mis vecinos que, después de todo, son las mías.