Su señoría

Maxi Olariaga

BARBANZA

En cada legislatura solamente trescientas cincuenta personas acceden al Congreso como diputadas representantes de los más de cuarenta millones de españoles. Esto da idea de la responsabilidad que contraen con la población aquellos que llegan a sentarse en los escaños del histórico hemiciclo. Hay muchas frases hechas para definir esta responsabilidad, frases que, por manidas, son verdaderos monumentos a la nadería.

A mí se me ocurre que quien accede a uno de esos trescientos cincuenta escaños debería desnudarse de todo tipo de resentimiento, odio, soberbia y sobre todo, espíritu de venganza.

Debería hacerlo y ponerse a trabajar de inmediato, asistiendo a las comisiones en las que ingrese e interesándose por todo lo que conduzca al progreso del país.

Dado el sistema electoral vigente en España, los diputados de todo signo se ven frecuentemente abocados a tragarse algún sapo al votar favorablemente leyes que les repugnan, apelando a la obediencia y sumisión a su partido. Esta actitud puede entenderse si uno está también habituado a tragarse sapos todos los días en su vida cotidiana. Lo que no se entendería sería que, apoyándose en una posición prevaleciente y de poder, un diputado desde su escaño en Madrid intentase, por ejemplo, dinamitar al gobierno de su pueblo o ciudad por el hecho de que esté representado por un alcalde perteneciente a un partido distinto al suyo.

Estas tentaciones acechan y reducen a justicieros de tebeo a aquellos que caen en ellas. Desde esta columna exhorto al diputado Antonio Pérez Insua a que trabaje por su país y en cuanto a Noia, piense más en su mil veces repetido amor por ella que en su alcalde.

Así, desde aquí le animo a que procure desde su escaño contribuir a solucionar los problemas de esta villa y de la zona de Barbanza en la que se integra sin caer en el pobre y fácil ejercicio de impedir cualquier éxito que los gobernantes locales puedan conseguir.

Si así no lo hiciereis, señoría, que Dios y la patria os lo demanden.