Fuego en el corazón


En esta época estival es frecuente ver a perros bien cuidados husmeando en los alrededores de las gasolineras, vagando y buscando un rastro en las cunetas o intentando la escalada a un contenedor de basuras para procurarse una cena que le ampare una segura velada bajo la lluvia o las estrellas. Estos canes que un día vivieron en salones, que poseyeron finca propia y que alegres caminaron al trote unidos a su amo por el cordón umbilical de una correa de cuero noble rematada en un arnés inmaculado, vagan ahora por los caminos del mundo lamentando haber nacido.

Seguramente su sangre se va enfriando igual que sus recuerdos y cuando al fin logran dormirse al abrigo de un muro protegido de los vientos, sueñan con un árbol de navidad bajo el que, acomodados en un capacho abarrotado de guirnaldas, vislumbraron por vez primera la sonrisa de su primer amigo. Un niño de rizos de oro con el que compartieron infancia, cama y hasta plato. Juegos de playa y baños en la mar inmensa. Carreras, carreras atropelladas, locas y sin meta tras una ramita de castaño que el amo arrojaba a los cielos y él atrapaba en el aire y, meneando el rabo, acudía a devolverla haciéndose el remiso y hasta amenazando con un gruñido de ternura.

Se acuerda el can, ya desaseado, de aquellas tardes en las que su amo y el ama de su amo, lo sumergían en una tina de espuma con olor a jazmín y suavemente lo refrotaban con un cepillo de nácar armado con cerdas de la crin de Pegaso, el caballo de Perseo, y gime en su soledad fría, abandonado a su suerte. De vez en cuando se sobresalta porque escucha unos pasos lejanos que transitan sobre las losas. Aguza el oído aunque apenas le quedan fuerzas para alzar las orejas y, desilusionado al no reconocer el andar de su amo, se abate nuevamente en su mundo de pena sin fin, Aúlla mirando a la luna y se lame las heridas recibidas en la batalla por el asalto al último avituallamiento.

A veces lo despierta el limpio sol de madrugada y otras una patada o una traca arrojada bajo su vientre por unos niños infelices. Espantado huye de su asilo y vuelve a la carretera a perseguir el rastro como Peter Pan persiguió a su sombra más allá de Nunca Jamás. Camina y camina abatido por el hambre y el dolor que le causan las garrapatas que hurgan en el despojo de su piel otrora perfumada como el pañuelo de una doncella en amores. Pobrecillo, duele el alma verle subir la cuesta asfaltada esquivando el rugido y el remolino que a su paso dejan los grandes camiones, duele, duele el alma a quien aún la tenga, mirarse en su mirar lánguido y devorado por la tristeza de la soledad injusta.

Convertido, como el Balbino de Neira Vilas en un ninguén, asciende con su cruz a cuestas a su Calvario último donde pronto, rodeado por la indiferencia de los árboles y de las margaritas, atronado por los graznidos de la civilización y olvidado por sus padres y sus hermanos, entregará a la tierra lo que de la tierra es. Se refugia en una granja abandonada y sintiéndose morir, se calienta en una alfombra de heno sobre la que sueña con los viejos tiempos de gloria. Despierta rodeado por el humo y por las llamas y sus escasas energías las emplea en buscar atropelladamente una salida, una luz última que lo guíe en la oscuridad cruel que fue su vida. Una luz que lo redima de tanta pena. De pronto la adivina al fondo del galpón y emprende una torpe carrera y salta hasta abrazarse a la luz, al amigo que ha acudido a su rescate. Lo besa y adivina que aún arde el fuego en sus corazones. Siempre se puede volver a empezar.

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