El abuelo Pepe

Maxi Olariaga

BARBANZA

25 abr 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Remito esta fotografía porque, aunque sé que el tiempo ha acabado con su vida color sepia, la moderna maquinaria en la que navegan los píxeles logrará despertarla del sueño eterno en el que descansan sus protagonistas. Le debo este artículo al abuelo Pepe desde aún antes de saber escribir sobre la hojita del Rayas: mi mamá me mima.

En Noia, procedente de Arca, estableció mi abuelo paterno su vida a poco de comenzar el tan esperanzador siglo XX. Se asoció con Miguel Cacheiro, en aquella aventura y pronto el comercio del tejido ocupó sus días largos tras el mostrador en el que se trajinaban las pérdidas y ganancias. Se medían a vara que no a metro los tejidos y se cobraban tras el regateo costumbrista de un tiempo que todavía hoy se mantiene en los labios de las mujeres que jueves y domingos acuden a Noia con sus lechugas, sus coles, sus grelos y sus puerros. In illo témpore la vida transcurría bajo el cielo y sobre la marea calmos que abrazaban a un pueblo dulce y culto, tranquilo y confiado que nunca más volveremos a gozar, no, ni a soñar. Aquellos días generosos en los que el vino tinto se despeñaba por la catarata pacífica de las gargantas de aquellos pioneros memorables, conformaron la Noia que hoy tenemos, como nuestros días, nuestros actos y nuestras leyendas conformarán el futuro de nuestros nietos.

Pero les contaba que mi abuelo Pepe, asociado con Miguel Cacheiro, abrió comercio. Paños y viyelas, panas y lienzos, lanas y algodones, colchas y mantas, organdí y sedas finas, driles de Vergara y alfombras de Crevillente, se empaquetaban y exportaban por mar a Muros, a Esteiro y a Lira o se quedaban en la villa para vestir bodas y jolgorio, lutos y entierros. Fue una era feliz en la que nadie presentía las trompetas de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis que anunciara Juan Evangelista y que reescribiera Blasco Ibáñez.

El abuelo Pepe, en aquellos años, viajó con sus ganancias a París y a la Feria Mundial de Francfürt y vio el mundo que se avecinaba, la locura magnífica, el orgasmo de la historia que empapado en el vientre del éxito humedecía el mapa oblongo de una Europa que dominaba al caprichoso dios del futuro. En París vio cantar a su paisana la Bella Carolina Otero y, entre bambalinas, le encendió un cigarrillo turco suspendido en una larga boquilla de nácar mientras le susurraba: estás bellísima Agustina que ese, decía el abuelo Pepe, era su nombre verdadero en los valles de Valga.

Con el tiempo, el abuelo abandonó amistosamente la sociedad con Miguel pero para siempre la gente le prendió del hombro como apodo Pepe Cacheiro y cuando a uno le preguntaban ¿Adónde vas? Al comercio de Pepe Cacheiro, respondía. En la dictadura de Primo de Rivera (estamos en los felices XX) el abuelo, como hace años me demostró documentalmente Xerardo Agrafoxo, llegó a ser concejal y alcalde en funciones mientras ejercía de comerciante y padre. Enviudó temprano y temprano perdió dos hijos y trasegó la Guerra Civil como el Nazareno la hiel y el vinagre.

Le recuerdo liando picadura con maestría mientras me hacía leer con la entonación que merecen los versos que Enrique Labarta dedicó a las touradas que se celebraban en el Curro: «¡Levantóuse o Presidente,/ fixo cun pano a sinal/ e salíu caladamente/ o touro por un portal!».

Aquella Noia del abuelo Pepe vive hoy congelada en esta fotografía muerta que recuerda el día en el que abrió su propia tienda en la calle del Comercio. No se lo van a creer pero, ¡qué vuelta de tuerca!, hoy esa casa sigue destinada a confección y la regenta un sobrino de mi mujer a su vez bisnieto de Miguel Cacheiro.

Se ha cerrado el círculo mágico. Amén.