A poco que observemos nuestros pueblos, nos daremos cuenta de que en los últimos años se ha incrementado notablemente el número de razas de perros que pululan por ellos. Una primera conclusión es que el palleiro cede terreno ante el pedigrí y los especímenes más llamativos. La inteligencia natural paisana, la de los canes de andar por casa, sale derrotada por el aborregamiento de la aristocracia perruna. Solo superable por la de algunos de sus dueños, porque lo que no ha cambiado es que los dejen campar a sus anchas por calles, parques o playas. ¡O que sus dueños no recojan sus aristocráticas boñigas! Es más, a diario podemos comprobar que en toda la comarca, la mayor parte de los dueños de perros, infringen todas las normas escritas y por redactar. Circunscribiéndose, por tanto, la parte más racional del asunto al ser de cuatro patas.
Un día de esta semana, que podría ser otro cualquiera, en una playa de Boiro, que también podría ser otra cualquiera de la comarca, una pareja sienta sus reales en el arenal acompañada de tres perros (alguno de ellos considerado peligroso). Otro joven se entretiene lanzando palos a uno de presa en medio de la playa. Y una señora de mediana edad liga bronce en una toalla acompañada de otros dos, más pequeños pero que no paran de ladrar e iniciar carrera al pasar cualquier persona por delante. Todos ellos sin bozal y sin correa. Ante las protestas de una joven con dos niños y una persona que corre por la arena ni caso. La primera se levanta y se muda a una parte más alejada de la playa con sus vástagos. La segunda reduce el circuito para evitar las acometidas. Añádanle a esta estampa -hay bajamar- un todoterreno de la cofradía circulando por la arena sin necesidad alguna. ¡Y que nuestros alcaldes manden la postal al extranjero para fomentar el turismo! O aquella otra de los paseos por aldeas y lugares donde te salen al camino un buen número de perros sin identificación, ni bozal ni amo.
Una situación parecida a la de los caballos que sin identificación pastan por la sierra del Barbanza y, cada vez más a menudo, por las tierras de labradío. ¿En qué país civilizado ocurre algo similar? En ninguno, pero aquí sí. Y es penoso que cuando se producen accidentes o daños en cultivos casi nunca aparece su dueño.
Por último quiero referirme a otros animales, pero de dos patas. Leo con asombro la noticia, publicada por La Voz de Galicia, en la que se refleja el temor al que están sometidos los vecinos de la parroquia ribeirense de Palmeira, debido a los desmanes que presuntamente comenten una pandilla de jóvenes. Son los ninini : Ni trabajo, ni estudio, ni educación. Hasta tal punto ha llegado la situación que unos trescientos vecinos han suscrito un documento de denuncia, a pesar de las amenazas. Alguien que lea esta noticia puede pensar que no estamos en España, un Estado de derecho, pues en ella se dice que la policía no es capaz de atajar el problema. Una señal inequívoca de que el sistema falla.
Si un grupo de gamberros puede violentar la pacífica convivencia de una comunidad ¿para qué disponemos de unos cuerpos de seguridad y de una Administración de justicia? Los ciudadanos hemos delegado nuestra opción individual de respuesta automática, ante una agresión o conflicto, en esos dos estamentos. Es peligrosa la impotencia que crean situaciones tan humillantes como la denunciada por estos vecinos. Policía y jueces deben reponer urgentemente la normalidad.