Arriba el telón de la vida

Maxi Olariaga

BARBANZA

Compañías y monologuistas de toda la geografía se ocultan los jueves tras el telón de papel de La Voz de Barbanza, proclamando la inmediata puesta en escena de infinidad de personajes que no son sino nuestras propias almas vagando entre las bambalinas del mundo, movidas como marionetas por los invisibles hilos que maneja desde las alturas el gran Geppetto del que emanan todas las ideas que como ríos ardientes riegan el escenario de la vida.

No creo que haya arte más grande que el teatro. Acoge en su pecho de colores a todas las artes. Desde la caverna los seres humanos, mediante el idioma gestual, los gruñidos y los primeros balbuceos, ya representaron su rol en el amor, la muerte, los celos, la venganza, la ira y la alegría. La risa franca y la tímida y desengañada. El llanto a merced del dolor y las lágrimas del abandono o el fingimiento, ya rodaban sobre el roquedal mientras aquellos desasistidos seres restregaban dos palos de madera y hacían saltar chispas de las lascas en busca del fuego.

El primer libro de la historia que hasta el fin de los tiempos permanecerá escrito en las nubes se tituló Historias de amor y caza y alzó el telón de los días helados que dejaron de ser divinos y tibios como el vientre de Dios. Así aquellos personajes que, como dejó escrito Pirandello, vagarán para siempre en busca de autor, precipitaron sus gritos de amor en la cuba del placer y remontaron en su eco los glaciares sobre los que se derramaba la sangre del mamut y de los grandes osos que aportaban el alimento y el vestuario a aquellos desvalidos que rodaban por la escena traídos y llevados por la tempestad gutural que precedió a la primera palabra.

Fue una obra épica. Una epopeya jamás contada pero si escrita en cientos de miles de papiros y columnas. En los dorados frisos de los templos y en la vacía mirada de las estatuas. En la columna vertebral de los grandes saurios y en los torques que acariciaban la piel de aquellos seres hermosos como cometas que bailaban sobre el hielo mecidos por la sinfonía del viento.

En aquellos días los espectadores eran la naturaleza y los dioses. Cuando los seres humanos cayeron en la cuenta de que estaban representando una función ante la divinidad, decidieron ocultar su rostro llevados por la timidez y el respeto. Así que, según el papel que hubiere cada quien en la trama, la máscara reluciente reía, lloraba o se desesperaba sobre el escenario. Los vientos, aullando entre la arboleda o silbando entre los cerros y acamando los trigales, les enseñaron la música, y los cielos, más protectores que nunca, los avezaron en el arte de la tramoya y el decorado proporcionándoles los fondos del amanecer y del ocaso, de la tormenta negra y de la encalmada azul de las jornadas durante las que la obra permanecía en cartel.

De la palabra, la música y el ritmo, derivó el canto. La pintura, como una catarata irisada, penetró los primeros escenarios de roca viva. El cincel hendió la piedra y la arquitectura levantó las tablas sobre las que se desarrollaría para siempre la lucha por la vida. La escultura se desprendió como un apéndice de los mármoles que veteaban las colinas, y la danza, como un prodigio, se prolongó en las manos y en los pies de los actores e iluminó los versos que como una baba divina se descolgaban de la boca de la poesía.

Sin salir de aquel escenario, los seres humanos tenían al alcance de su vista la libertad. Pero ellos mismos en sus prisas y atropellos por alcanzarla se enredaron en los hilos del gran Geppetto. Desde aquella hora cruel solo podemos divisar la libertad sin alcanzarla como una luz que parpadea en el fondo de la escena. Triste final para una obra maravillosa.