La crisis, una excusa

Juan Ordóñez Buela

BARBANZA

El ser humano, desde que nace hasta que muere, necesita una excusa para justificar toda clase de incumplimientos. En nuestros años escolares de la posguerra tuvimos la gran excusa de las restricciones del pan blanco que daban cobertura a toda clase de trapacerías, siendo la más frecuente el incumplimiento de las tareas conocidas como deberes, que desembocó en el racionamiento que tanta hambre quitó a los españoles. Los mayores temían la guerra, que podía justificar lo injustificable.

Excusa para chicos y mayores, en nuestros días, en los que se altera la normalidad en todo el planeta es la crisis económica, que todo lo cambia, y nada es igual que antes. Leo ahora en un periódico gallego que, afectadas por los saldos calamitosos de la economía, muchas familias están abandonando el animal mascota que les ha acompañado hasta el momento que se hizo necesaria la austeridad de apretarse el cinturón. Entre el chocolate de la merienda del hijo y el pienso del perro, algo hay que sacrificar.

Pero, investigados varios casos, resultará que el abandono se produce cada año, con una diferencia en el guión: después de unos meses de convivencia con los mininos, al final se les coge cariño, y era doloroso condenarles a la intemperie sin motivo y por puro capricho. Ahora, en cambio, sí que hay una excusa. En la crisis financiera, de la que todos sabemos cómo se entró y todo el mundo ignoramos cómo se saldrá; estos ciudadanos que al llegar las vacaciones abandonaban a la mascota sin miramientos, ahora se engañan a sí mismos. Han encontrado una excusa que casi convierte a la familia en patrimonio de la humanidad.

Si se cumplen las previsiones de los sabios, esto no ha hecho más que empezar. La excusa será universal. Saldrán los aprovechados de siempre y, en un país de postín, montarán la ruleta de la crisis. Tendrá trabajo el cobrador del frac.

De la primera página a la última, es norma que se hace respetar que la información periodística sea variada. El fútbol, por lo menos, empieza y acaba en unas páginas. Ahora, a la crisis se le ha concedido licencia para invadir todas las secciones. Hace casi cinco siglos, don Francisco de Quevedo cargó de malicia unos versos sobre situaciones de excepción que solo los maravedíes o la moneda que fuera hacían posibles. Un estribillo repetía: Poderoso caballero es don dinero. En los presentes siglos, el cantautor Paco Ibáñez los acercó al gran público.

Los medios informan de la situación de los banqueros y de los magnates de sectores de la modernidad. Son amigos de don dinero, que les ha ayudado en momentos difíciles, aunque ahora dicen que el influyente personaje ya no disfruta del poder de otros tiempos. La crisis es como las guerras: unos vuelven y otros se quedan por el camino. Así ocurrió en el crac de 1929. Cuentan que algunos no resistieron el resto de su vida con números rojos, sacaron de un viejo armario el colt del abuelo y apretaron el gatillo. Como se puede comprobar, la humanidad, en general, y en particular, ha ganado capacidad de resistencia frente a los fracasos.

Es una crisis de mil caras: los políticos intercambian promesas relativas al estado de las cuentas corrientes; el Papa apuesta por Dios antes que por los banqueros... Y parece que todos los hombres y mujeres modestos que esperaban un trabajo en la próspera Europa y a los que, tras cruzar el Atlántico, les dicen que el contrato para el 2009 no podrá ser. Así, numerosos casos. Que prueben en el 2010, aunque la crisis sea una excusa.