Los familiares de José Manuel Crujeiras y Antonio Manuel Pérez sabían desde hace días que la liberación estaba próxima
18 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.En Barbanza no se habló ayer de otra cosa. Todo el mundo analizaba la liberación del Alakrana. Sobre todo en Boiro y Ribeira, donde residen dos de los tripulantes del atunero: el electricista Antonio Manuel Pérez, y el primer oficial, José Manuel Crujeiras. Sus esposas, Mónica Yáñez y Rosa Crujeiras, respectivamente, ejercieron de improvisadas portavoces de las familias.
Sus rostros reflejaban, por una parte, la alegría de saber que todo había acabado bien y, por el otro, la angustia acumulada durante los 47 días que ha durado el secuestro. «Por fin se acabó este suplicio», comentó la ribeirense Rosa Crujeiras. Y añadió: «Solo nos quedamos tranquilos cuando la ministra de Medio Marino, Elena Espinosa, nos telefoneó para decirnos que todo había finalizado». Tanto la mujer del primer oficial como la del electricista pudieron hablar por fin con sus esposos a primera hora de la tarde.
Rosa Crujeiras y Mónica Yáñez relataron que la llamada de los tripulantes «fue corta y solo dijeron que se encontraban bien de aspecto, aunque algo más delgados». Eso sí, ambos marineros desconocían las actuaciones diplomáticas que se han llevado a cabo en los últimos días para lograr la liberación del barco.
Silencio
Las dos mujeres sabían desde hace varias jornadas que la solución al conflicto estaba próxima, «pero no se podía decir nada para no entorpecer la labor del Gobierno», subrayaron.
La alegría y la satisfacción se apoderaron también del lugar boirense de Mosquete, donde reside la madre del electricista del atunero, Josefa Fernández Vázquez, de 60 años. Con cara todavía de no creerse la noticia de la liberación del atunero, la mujer espetó: «No quiero que mi hijo vuelva al mar, fueron los peores 47 días de mi vida. Otra cosa muy distinta es que Antonio encuentre un trabajo estable en tierra».
El cuñado de Antonio Manuel Pérez, Ricardo Tubío, marinero también de profesión, mostró su preocupación por el estado físico y anímico de su familiar: «Lleva fuera de casa casi cuatro meses y la presión que tuvo que soportar este mes y medio fue demasiado grande, sobre todo después de ser uno de los tres tripulantes que los piratas decidieron bajar a tierra con la amenaza de muerte sobre sus cabezas».