El adiós de la fiesta iluminada

BARBANZA

Tocada por la varita de la juerga, da igual que la crisis o la lluvia se cuelen en ella. Como manda la tradición, miles de bengalas despidieron la semana de A Guadalupe

20 sep 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Una hora, las dos en punto. Luces, las de miles bengalas. Música, la de A rianxeira. Tras siete días de juerga, y aunque la lluvia y la crisis quisieron meterse en la pota, solamente con esos tres ingredientes, tan sencillos y fáciles de nombrar, volvió a cocinarse en Rianxo una despedida a las que, sin duda, son unas fiestas iluminadas. A Guadalupe, como no podía ser de otra manera, dijo adiós dejando como herencia una legión de cuerpos destrozados. Pero también una increíble sensación que ayer recorría el cuerpo de todos y cada uno de los rianxeiros. Y que, como suele pasar, se resumía con una frase bien tópica: que nos quiten lo bailado.

El último homenaje festivo a A Moreniña empezó pronto, con una peregrinación. Sí, la de larga caravana que tuvieron que sufrir quienes, sobre las diez y media de la noche, intentaban cruzar con su turismo esos pocos, pero anteayer eternos, kilómetros que separan la autovía de la villa rianxeira. A las once y pico, y gracias en buena medida a que uno encontraba policías hasta debajo de las piedras, el panorama ya estaba más despejado y del peregrinaje de ventanilla se pasó al de la caminata.

Fuera del campo

Decenas y decenas de vecinos caminaban con un mismo destino: la plaza de Castelao. Rumbo a la zona cero de la fiesta, algunos se quedaban boquiabiertos con dos cosas: una, la lluvia que parecía haberse invitado sola al jolgorio y, otra, la proliferación de pandillas de jóvenes por todas las calles que, quizás haciendo caso a la recomendación municipal de no hacer botellón en el campo de la fiesta, se las apañaron para buscarse sitios donde pasárselo bien sin molestar demasiado al respetable.

Sin embargo, sin necesidad de que sonase ningún timbre, a las dos de la madrugada, todos los pies caminaban hacia el mismo sitio. Costa Oeste cantaba eso de que «el gallo sube y se sacude» y las bengalas se despachaban por decenas. El género se vendía tan bien que, a media hora de la gran cita, un comerciante cerraba ya su chiringuito. «No tengo ni una más», le decía a los últimos de Filipinas que no querían quedarse sin llama.

Y, por fin, las dos. Las dos en punto. La hora mágica. Como si la Moreniña intercediese para que las bengalas se encendiesen igual, pese a seguir cayendo orvallo, miles de puntos de luz brillaron para la santa nada más sonar la primera estrofa de A rianxeira. Cantó la primera orquesta. Entonó la misma pieza la segunda. Y se fue a por la tercera, cuyos componentes no acababan de ponerse de acuerdo entre si cantaban «cando vai para Rianxo» o «cando vai para Ribeira». Y unas tracas seguidas de un sonoro aplauso terminaron con los minutos de oro.

A partir de ahí, tocó mover el esqueleto. Decían algunos que se notaba la crisis y que había más huecos libres en la plaza de Castelao. Difícil de casar ese argumento cuando tomar un trago en los bares suponía hacer cola, y bailar el agarrado en la plaza, llevarse buenos empujones.