Hace más de veinte años que venimos hablando de la crisis del sector lácteo de Galicia. Hacia finales de los ochenta parecía que la crisis era, en efecto, el cambio que traería la modernidad al campo gallego. Miles de familias de las aldeas se deshicieron de las dos, tres o cuatro vacas con las que camuflaban unas cuentas domésticas que se acercaban mucho a la economía de subsistencia. La subvenciones y los réditos obtenidos por las cotizaciones al régimen agrario de la Seguridad Social permitieron el milagro: jubilación y cierre de granjas -permítase la hipérbole- que nunca alcanzarían las ratios de productividad, calidad y rentabilidad que exigían los nuevos tiempos.
Con las negociaciones del ingreso en la Unión Europea, la Política Agraria Común y las cuotas lácteas, el campo gallego se embarcó en un silencioso proceso de reconversión todavía sin completar. Pequeñas explotaciones (en muchos casos regentadas por hijos de los recién jubilados) empezaron a comprar más cabezas, se mecanizaron y afinaron los procedimientos para obtener más rendimiento a cada res y a cada hectárea de terreno. Todo ello gracias al endeudamiento, que se podía afrontar por las expectativas de unos ingresos.
Pero, veintitantos años después, el modelo se desmorona. Y con él una forma de vida ?-quizás también un paisaje- sin la que Galicia no será lo mismo. Muchos de los que se atrevieron con la modernización se tuvieron que enfrentar al riesgo de multas por producir de más. Ahora están atrapados entre la guerra de precios de las distribuidoras y la competencia desigual por las subvenciones, por ejemplo, en Francia. Desde hace tiempo está entrando leche de importación más barata que la que producen aquí incluso los más eficientes.
Galicia se manifiesta hoy, en cierto modo, por la pervivencia de la esencia del país. ¿Estaremos a tiempo de salvarla?