El torbellino que pasó por Noia

Sara Ares

BARBANZA

Muchachito Bombo Infierno no defraudó al público que se congregó el jueves en el Instituto Campo de San Alberto

11 ago 2007 . Actualizado a las 02:00 h.

noia | Imposible no mover el pie con el vertiginoso ritmo que Jairo Perera y su banda, cuya suma de componentes da como resultado final Muchachito Bombo Infierno, con Barcelona como cuna que los vio nacer; imprimieron al concierto que ofrecieron el jueves en el patio del Instituto Campo de San Alberto.

En muchas ciudades de España se pelearían por conseguir una entrada para ver al huracán Muchachito en plena acción, pero en Noia no llegaron a seiscientos los espectadores que atravesaron la puerta de acceso al recinto para escuchar al incombustible cantante, que bebe del mismo caño en el que antes que él se refrescaron la garganta Kiko Veneno, Manu Chao y Ojos de Brujo, por evocar algunas de las reminiscencias que exhalan sus discos. Eran pocos en el público para un espectáculo de tales cotas, pero nadie les podrá discutir que se mostraron entregados 100% a la causa Muchachito.

Como nadie tampoco podrá cuestionar que Jairo Perera y los suyos lo dieron todo. Regresaron varias veces al escenario para seguir tocando y cuando ya llevaban dos horas dale que te pego al bombo, a la guitarra, a las trompetas y demás instrumentos llegó un momento en que más de uno creyó que venían para quedarse.

En la batidora metieron todo lo habido y por haber de sus dos discos, Vamos que nos vamos y Visto lo visto; sin faltar, por supuesto, alguna que otra versión, a modo de tributo, como el Mala vida de Mano Negra.

Las dosis de mayor entrega por parte del público llegaron con las letras más cañeras y las más gastadas en emisoras de radio y locales de movida, como Luna, 115 ; Si tú, si yo, si no o Siempre que quiera, que la reservaron para el final, con ese estribillo que arranca así: «Ojalá no te hubiera conocido nunca...».

Como sacado de un tebeo, Jairo Perera, pegado a su indescriptible y surrealista bombo, forrado de piel de leopardo, con el número 13, dos dados inmensos y luces intermitentes; no dejó de gastar bromas y de contonearse de cuando en vez al filo del escenario para animar a la afición, aunque a veces costaba trabajo entender lo que decía.