Itinerario

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

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13 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

NUEVE DE julio. Ocho horas. La luna aún pende desdibujada en el cielo azul cobalto. Hace diez años o más que sigo los encierros de San Fermín por ver a mi viejo compañero de pensión Joseba Larripa. Mientras pasaba los apuntes de Anatomía solía contarme cómo se descomponen el cuerpo y el alma corriendo por la Estafeta delante de los Miuras. Nunca lo vi en medio de aquel mar blanco y rojo patinando sobre la adrenalina y el sudor de los toros pero siempre vuelvo a la Pamplona de la tele por si en un giro, cosido a las zapatillas de esparto, aparece Larripa aún con sesenta años. Se acaba el encierro y me subo al autobús rumbo a Ribeira donde debo resolver un par de asuntos. La mañana canta y salta como una rana en el estanque del océano visitando las ventanas con su luz gratuita. El autobús se refleja en los cristales tintados de los bloques de apartamentos que amenazan el viaje con su presencia de ogro de cuento y la vida cede terreno al cementerio y al hierro. Ribeira está esplendorosa. En sólo treinta y cinco kilómetros mi vida noiesa da un brinco de volatinero. En Noia dejé el silencio oblicuo de los bienaventurados, y Ribeira se me abre de par en par con el estruendo del progreso económico. Es exultante el cambio. Y busco. Un ir y venir de gentes y coches. Un mar de cafés humeantes en las terrazas, una catarata de periódicos, móviles y voces. Parado en la acera me siento un anacoreta que regresa del desierto. Resuelvo mis asuntos y charlo con las viejas amistades que me topo en el juzgado, en el café, en cualquier esquina. Espléndida Ribeira, poderosa, fuerte. Ya es ciudad con naves de porte cargando y descargando en los muelles. Ya es ciudad con su párking subterráneo, sus oficinas de toda cuestión. Ya es ciudad de razas, de colores, de hoteles. Ya conviven en ella el ruido, la furia y la alegría. La he visto crecer al tiempo que yo me iba haciendo viejo. Expansión Casi sin darme cuenta sus brazos se fueron extendiendo como una hiedra y salieron a recibirme a Xarás donde aún ayer jugaban las ardillas con los mirlos. Viajo de vuelta y hago un alto en Porto do Son. Otra vez la paz. Manuel Mariño del Río, a la puerta de su museo etnográfico, restaura un fanal de navegación. Se queja porque no hay dinero para mantener la cultura. Así es, fue y será. Que Dios nos ampare, le digo. «Este ano hai máis pulpo que mar». Me alegro. Habrá dinero y pan. Me acuesto y pienso en Mariña enredada en los cables de una uci pediátrica. Se merece muchas mañanas como ésta. Tantas estrellas como la que asoma por San Xusto bajando el telón de este teatro sin fin de nuestras vidas. Volverá a casa y las contaremos juntos.