Pánico entre las llamas

Jose Manuel Jamardo Castro
J. M. Jamardo RIBEIRA

BARBANZA

En directo | Una noche en el infierno

07 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Los vecinos de varios núcleos de Rianxo no olvidarán fácilmente la madrugada de ayer. La tarde del domingo no presagiaba nada bueno. El día se fue cerrando y una nube de humo impedía ver el sol. Las cenizas llegaban a la playa, obligando a los bañistas a abandonar antes de tiempo los arenales. Los montes de Barbanza eran pasto de las llamas. Un panorama desolador. Pero, lo peor estaba por llegar. Sobre las diez de la noche, el fuego se hizo notar en Vilas, justo al lado de las tristemente conocidas curvas del vial comarcal. El fuerte viento del nordeste provocó que rápidamente se extendiesen hacia Rianxo. A las dos de la mañana, el humo y las llamas alcanzaban la carretera que une el casco urbano con Leiro. Comenzaban los problemas. Se impedía el paso a los vehículos. Los agentes daban la voz de alarma y despertaban a los vecinos de A Pedreira y Brión. «Iso mete medo», decía una mujer con lágrimas en los ojos. Mangueras Era imposible detener la vorágine devastadora. Los residentes comenzaban a movilizarse. Poco a poco aparecían mangueras, pero su pequeño chorro parecía que daba más vida al fuego. «¡Todos fuera!», gritaban los agentes de la Guardia Civil a los más perezosos. Poco a poco, la carretera de Leiro se convertía en un infierno. La gente en la calle reclamaba la presencia de más medios contraincendios. Apenas había respuesta. Algunas casas sentían en sus paredes un calor insoportable. El aliento muy cerca, tanto que saltaron cristales y se derritieron persianas. El espectáculo era dantesco. Impresionante. Con el paso de las horas, la tensión aumentaba. Los nervios se disparaban y la ansiedad se apoderaba de algunos vecinos, que veían impotentes cómo sus hogares resplandecían al calor del fuego. Gritos, reproches, rabia, y sobre todo, colaboración. Todos a una. Con lo que se podía, la lucha era desigual. El fuego era más poderoso que la voluntad de los enrabietados vecinos. Los ojos llorosos por las lágrimas y el humo, los afectados se alegraban de ver a los bomberos asturianos. Pero la lucha continúa. «O lume non da tregua», aseguraba una mujer.