DESDE FUERA | O |
11 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.SI VIVIÉRAMOS en Noia, en la Punta de Tarifa de Cádiz o en un pueblo de Teruel, que dicen que también existe; si pudiéramos averiguar el origen de todo lo que nos rodea, apreciaríamos mejor nuestra dependencia: contamos en nuestra tierra con una multinacional del automóvil, aunque también nos gustan los coches japoneses, comemos pizzas italianas y plátanos de Costa Rica, bebemos ron cubano y café colombiano, cocinamos con gas argelino y nos calentamos con petróleo saudí, nos encanta la ropa diseñada en Nueva York, cortada en Corea del Sur y montada en Vietnam o Laos, regalamos puros habanos y pisamos en nuestras casas sobre maderas del Congo, cada año ilusionamos a nuestros nietos con el viaje que unos Reyes Magos hicieron del Pacífico o el Índico. Y, sin embargo, pensamos que somos autónomos y que no necesitamos para nada a los países del Tercer Mundo. Si pudiéramos desentrañar todo lo que nos define como seres humanos, valoraríamos mejor nuestras deudas con los demás pueblos y las otras civilizaciones. Nuestro Dios es judío, hemos crecido con música gallega de Rianxo, calculamos en números árabes y escribimos con letras latinas, nuestros primeros antepasados salieron de África, las leyes que nos rigen son de origen rumano, algunas de nuestras raíces literarias son hispanoamericanas y nos hemos amamantado con el cine de Hollywood; además, esta democracia nuestra tiene origen griego. Y sin embargo, nos atrevemos a decir que los inmigrantes que nos rodean son extraños, pero nosotros sigamos pensando que la Rianxeira sea la canción popular más internacional, aunque pensemos que somos el ombligo del mundo.