DESDE FUERA | O |
20 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Y PRÓSPERO año nuevo, oiga. Que no quiero sustraerme a ese espíritu navideño de noviembre que todo lo inunda; tampoco quedarme rezagada en esa especie de carrera de autos locos en la que nos embarca el consumismo: o vive tres meses de navidad o es usted un memo, un chiquilicuatro. Se vende lotería de diciembre en agosto, comemos turrón desde octubre, se colocan luces y decoración navideña al día siguiente de difuntos y se disparan los precios de pescados y mariscos a partir del 1 de diciembre. Y aún así, esperan que sobrevivamos al día 31, incluyendo el atracón de uvas a precio de caviar. Antes comprará ropa para no desmerecer, asistirá a una cena de empresa y otra de colegas, le colocarán lotería del Niño y mantendrá un promedio de 2,5 discusiones familiares en los fraternales ágapes navideños, de los que sobrará casi todo por la generosa ración de vinos previos. Ingerirá un litro de infusiones y se tomará diez cucharadas de sal de frutas. El cuerpo aguantará porque una, modestia aparte, está en su mejor época, pero mi bolsillo ni llegará a superar el puente de la Constitución -que tiene bemoles poner tanto festivo en un mes como éste-. Por lo menos, espero que las buenas intenciones también se anticipen dos meses, y que Bush, Sharon y Aznar las tengan, aunque sólo sea por un segundo.