LA LLAVE
13 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.LO VIVÍ como esas pesadillas de las que uno desea despertar, pero no puede. «Que esto acabe, que esto acabe», me decía interiormente, pero el olor a petróleo y las lanchas con chapapote al límite de la flotabilidad iban y venían. Todo era negro, una consecución de malas noticias, cada cual peor que la anterior, y yo seguía encarcelado en la pesadilla. Un periodista nunca reniega de una información, y la de las consecuencias del Prestige es de esas que enganchan, que invitan a meterse cada vez más a fondo. Esa era otra parte de la pesadilla interminable, trabajar con el corazón encogido y el insistente «que esto acabe, que esto acabe». Doce meses después de ese mal sueño del que todos queremos despertar, tengo la sensación de que aún estoy inmerso en la pesadilla interminable, que esto no ha acabado. Deseo despertar, pero tengo miedo a que sea real esa peste negra...