DESDE FUERA | O |
04 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.DECÍA AYER un cáustico hostelero que «en Boiro non cheira, arrecende». De su irónico comentario me quedé con otra lectura que se refiere a la diferencia existente entre lo superfluo y lo trascendente. La desafortunada y nauseabunda situación que soportan los ciudadanos sería una anécdota si no estuviese incrustada en la realidad de continuos vertidos y ataques al medio, por empresas y particulares que parecen tener la bula de James Bond. Nuestra costa sufre variados riegos fecales. A menudo se presenta aderezada con salsas diversas y un decorativo engrudo de grasa y sosa, bautizado por los lugareños como morca. Hay múltiples vertederos oficiosos diseminados por el concello, donde puedes encontrarte desde una cama a una nevera, desde un cerdo muerto a un oxidado urinario. Los caminos son transitados por tractores que recuerdan a la India y más que transportar esparcen zumo fermentado de mejilla. O depositan una capa de medio metro de grosor en las fincas que sigue apestando aunque se frese. ¿Qué decir de la multiplicación por millones de moscas y mosquitos que impiden abrir puertas y ventanas? ¿Es mucho pedir que inviertan lo necesario para disponer de transportes adecuados? Alguno quiere excusarse en que el Chanel se evapora y olvida que la mierda permanece.