El muelle de Aguiño se transformó en una improvisada refinería

J. M. Jamardo / J. Sande RIBEIRA

BARBANZA

El litoral de Carnota sigue ennegrecido. Una espesa capa de chapapote dejó sin brillo las piedras y arenas de una de las costas más agrestes y hermosas de Galicia. A pesar de los denodados esfuerzos por quitar ese cáncer que acaba con la flora y la fauna que encuentra a su paso, el fuel sigue impregnado en las entrañas de un municipio que tiene como base principal del sustento de la villa, el mar; un mar enfermo que puede provocar que muchos de sus usufructuarios, tengan que contemplar otras aguas, en otras latitudes. La jornada de ayer volvió a amanecer triste. No era para menos, otra visita inesperada llegaba a la localidad, a pesar de que no era bien recibida. Una mancha de fuel atracó en la zona comprendida entre Boca do Río y Caldebarcos. Total, dos kilómetros de largo y 500 metros de ancho, embadurnaron una playa que otrora tenía unas aguas cristalinas que llamaban la atención de miles de visitantes. La voz de alarma llevó a la zona a cientos de personas, que se afanaron en retirar el combustible. También se avistaron manchas en el arenal muradano de O Ancoradoiro. Duro trabajo Pero las labores de limpieza continúan en la comarca. Casi dos semanas de intenso trabajo cambiaron la imagen de una zona muy castigada por la llegada de los restos del Prestige . Entre Monte Louro y O Pindo, unas mil personas se esfuerzan en retirar las galletas de fuel. Militares, empleados de Tragsa, funcionarios de Medio Ambiente, Costas y voluntarios, luchan contra un inesperado enemigo, que amenaza constantemente con regresar. Los mandos militares estaban satisfechos de poder colaborar, aunque su ilusión se desvanece cuando por la mañana llegan a los arenales y comprueban como el esfuerzo del día anterior no sirvió para nada, ya que el chapapote regresó, si cabe, con más virulencia. El muelle de Aguiño se ha convertido en una especie de refinería, en vez de dedicarse a la actividad para la que fue creado: carga y descarga de pescados y mariscos. Cientos de barcos descargan chapapote en la dársena, que después es trasladado en grande camiones hasta Cerceda. El olor a fuel en la zona es intenso, penetrante, repulsivo, convirtiendo esa sensación de sabor a mar en una sustancia nauseabunda. Los marineros esperan que la normalidad se recupere lo antes posible. Sus familias comienzan a notar ya los efectos de esa marea negra que sigue a la deriva frente a las costas gallegas y que tiene a los ciudadanos pendientes de los partes meteorológicos. La lonja de la localidad se ha convertido de la noche a la mañana en una improvisada cocina de campaña, donde se preparan comidas y bebidas calientes para los cientos de voluntarios que llegan cada día a la zona para trabajar en la limpieza de los arenales. Pero no todos los visitantes que se dejan caer por allí van a trabajar. Cientos de curiosos dan vueltas con relucientes zapatos que quedan impregnados en chapapote en el puerto, que está cubierto con una fina capa parecida al asfalto. Los vecinos, y los dirigentes de la Cofradía se vuelcan con los trabajadores, llegados de todas partes. No les falta un café caliente, pero se lo merecen, dicen, y también se nota. Hace ocho días, la práctica totalidad de la costa aguiñense estaba teñida de negro. Pero gracias al duro trabajo, ya se pueden contemplar paisajes naturales con el esplendor de antes. Sin embargo, en el aire flota un sentimiento de impotencia y rabia. Falta mucho, y en especial en la isla de Sálvora, donde cientos de personas se afanan en devolverla a su estado natural. Misión difícil, pero volverá a deslumbrar.