Aunque el estío tienda a mejorar el estado anímico de la persona por la alegría de las temperaturas más altas, mayor duración de los días y el disfrute de momentos imposibles en invierno, también trae inopias o penurias que se repiten sin solución de continuidad porque los responsables -monaguillos metidos a obispos, cretinos con mando o simplemente descerebrados indecentes- como las moscas surgen a principio de temporada. El primer capítulo lo escribe la Consellería de Familia, con su angelical responsable, empeñada en decirle a los barbanzanos que el verano comienza el 15 de julio, cuando habitualmente a partir de junio suele hacer tiempo apto para el baño y el bronceado. Todos los años debemos lamentar que el plan Sapraga, del cual depende la seguridad en los arenales, no se ponga en marcha hasta esa fecha. Podríamos tomarlo con sorna y pensar que lo quiere encomendar al Apóstol o que sus nietos bajan a la playa por esos días, pero el bienestar e incluso la vida de muchas personas depende de ello, siendo una auténtica vergüenza para esta señora y para quien la mantiene en el cargo. Otra típica culebra de verano está protagonizada por la legión de irresponsables, de cargo intermedio y neurona más pequeña todavía, que cada año por estas fechas -para regocijo y palmadita de su jefe- aseguran que los servicios están bien cubiertos, a pesar de los turnos de vacaciones. Un ejemplo: me contaban que en la oficina del Instituto Social de la Marina en Boiro hay una sola persona para atender al público y gestionar todos los expedientes. La funcionaria y los usuarios tendrán que ir a un psiquiátrico al finalizar el verano, pero los responsables tendrían que ingresar en la cárcel. Alguien debería decirle a los jerifaltes del ISM, devotos de San Isidro Labrador, que Boiro es un municipio en el que la mitad de la población depende del mar. El capítulo anual de la indecencia está reservado para una especie de grano supurante con patas, que se desarrolla a partir de los primeros rayos de sol y se dedica a masacrar el ya ajado conjunto que suponen los montes barbanzanos, hundiendo sus pútridas garras de fuego en la piel que tanto tiempo cuesta regenerar. Agresiones con nocturnidad y alevosía al patrimonio de todos, atentados contra el colectivo de seres humanos que viven en la zona. Bajo ese prisma, y con esos agravantes, deberían ser juzgados cuando se detiene a culpables como los que el pasado domingo tiñeron de gris un día azul, quemando 100 hectáreas del monte de Bealo con su ecosistema. Una situación repetitiva que constituye una emergencia real en tiempos de paz, una de las pocas excusas para mantener un costoso ejército que solo hace «un, dos, tres, cuatro» a la sombra de los barracones. Como verán en los tres casos-miserias hay un resquicio atribuible a los responsables por el que a buen seguro se colarán muchos esfuerzos anónimos, desgracias y desilusiones de voluntarios: la falta de previsión y planificación.