Los policías locales de Ribeira montan un dispositivo especial de vigilancia para que no haya incidentes en la feria de los sábados Cada sábado son más las personas que deciden acercarse hasta el mercadillo de Ribeira. Como el boca a boca funciona, los visitantes llegan desde distintos puntos de la comarca barbanzana para abarrotar este gran bazar donde se pueden encontrar los más diversos artículos, desde ropa hasta objetos de alfarería, pasando por la fruta. Pero cuidar de que las aguas no se salgan del cauce no es fácil. Por eso, ya desde las siete de la mañana, los policías locales de Ribeira toman posiciones para todo transcurra con normalidad. Su cometido: vigilar que los puestos no le coman terreno a los limítrofes y que todo quede limpio a la hora del cierre.
29 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Al mediodía, hay tal multitud de personas merodeando por el mercado de Ribeira que hasta andar se convierte en tarea difícil. Gente de todas las edades se apelotona delante de cualquiera de los 302 puestos que hay en la zona portuaria para comprar ropa o zapatos. Para desplazarse a veces hay que abrirse paso a codazos. Es la hora punta y el mercadillo está en pleno bullicio. Los cinco policías que llevan desde las siete de la mañana patrullando por los tenderetes reciben otros dos agentes de refuerzo. Su función: evitar que los puestos sobrepasen las marcas del suelo. «Tratamos de que ningún comerciante tome ventaja sobre los demás», comenta un policía municipal. «Por ejemplo, si hace el mostrador más grande, tiene más oportunidades de vender, y eso sería aprovecharse del resto». En el fondo es como el juego del gato y el ratón. Los policías andan a la caza del infractor. Cuando le pillan, le ordenan que restituya los límites asignados. Y cuando el agente se da la espalda, el pícaro vuelve a colocar todo como estaba. Instalar el tenderete La explanada donde se instala el mercado se corta al tráfico a las siete de la mañana: otro de los momentos clave. Hay dos entradas, y en cada una se aposta un policía local. Los agentes piden el carné de mercado a los vendedores a medida que entran, pues deben verificar si su portador ha pagado los recibos correspondientes. Entretanto, otros dos guardias inspeccionan la instalación de los tenderetes. Cuando, a las diez, el mercado acaba de tomar forma, los agentes se reúnen para contrastar ambas listas. Deben verificar qué plazas han quedado vacías para que ningún comerciante espabilado usurpe el puesto, que es una práctica bastante extendida. Y el tercer momento cumbre tiene lugar a las dos, hora en que comienza el desalojo. El trajín de la mañana ha hecho que se acumulen papeles y cartones, y una persona está encargada de repartir bolsas por todos los puestos. Sin embargo, es inevitable que quede algo tirado, y los agentes deben estar atentos para que se recoja. Por fin, a las tres y media, se cierra el mercadillo. Entonces surge un nuevo problema para los agentes: los embotellamientos.