Esta tarde de hoy me la he pasado, pues, viendo, releyendo a Laxeiro en esta exposición abierta en el auditorio de Ribeira. ¡Qué regalo para un pueblo poder asistir a este banquete de formas, colores y arte! Aquí encuentro de nuevo sus carnavaladas, mascarones, trasmundos, dioses, maquinarias y vida cuyos cromatismos Laxeiro debía detener para que no se le desbordaran fuera del lienzo. Donde más me he detenido fue en la obra que lleva por título La vida, que por su composición, orden, gestos y muchedumbres en éxtasis me trajo al instante el recuerdo de El Guernica de Picasso. Pero es El Guernica de Laxeiro. Las gentes le crecen por los poros con sus risas y tragedias. Es un dilatado dibujo sin colores, sólo blanco y negro. ¿Y quiénes son los habitantes que vemos y quiénes son los que se han quedado escondidos en el pincel de Laxeiro? Pues la pluralidad de los mundos habitados. -Mira, Bayón, mis personajes son los míos. No se busque más. Me echo la mano al bolsillo, a esta cartera, o le miro el culo a aquella señorita o el rabo a cualquier trasno y ya tengo material para parir cualquier personaje. La gente está empeñada en buscarme raíces e influencias. Pues no. En este cuadro los personajes que lo llenan son Laxeiro multiplicado por mil Laxeiros, sean duendes o sátiros, músicos o doncellas, maestros o tocatetas, barbudos o pelados, tumbados o verticales, fornicantes o manfloritas. Fíjate en los ojos, los ojos están por todos los sitios proclamando la vida. Leyendo a fondo «La Vida» Seguí leyendo, deletreando La vida. Hay cuadro y personajes para años. Luego me pasé a La pitonisa. ¿Qué pitonisa? ¿La que adivina el rostro con dos rostros capaces como los de las gallinas de ver a izquierda y derecha? -Pero mi pitonisa también ve arriba y abajo, igual que Einstein, y dentro y fuera como los rayos X. ¿Crees, amigo Bayón, que se puede hacer más con una tinta sobre papel? José Otero, alias Laxeiro, se puso el sombrero aquella lejana tarde con el ala de lado, a lo gachó, se arregló la chalina como él sabía arreglarla, le pegó un corte de mangas a la atardecida y nos despedimos. ¿Cuándo fue? Hace muchos años. Ahora volvemos a vernos gracias a la fundación, a las autoridades viguesas, a Ribeira. ¡Vaya honor! -Una vez -me contó-, afeitaba a un cliente, movió la cara porque le picó una mosca y le metí un tajo. El cliente me arreó una trompada. Quizás por la trompada me hice pinto. Y acertó el cliente. Creo que se llamaba Farruco y era también de Donramiro, de Lalín, de donde soy yo. Vaya, hasta vernos... Y nos vemos ahora. Lo conocí al instante. No sé si Laxeiro, me conocerías a mí, porque estoy calvo como un pelouro y ya las metáforas me salen cuadradas, ¿verdad?