Los Falcons sobrevolaron su nido

La Voz

BARBANZA

S. BALVÍS

IAGO GÓMEZ CRÓNICA Ribeira contó con su conjunto musical de moda en los sesenta, que revivió su gloria hace unos días en un reencuentro guatequero Barbanza recibió el soplo de los nuevos tiempos en los sesenta. La dureza franquista se atenuaba, dentro de lo que cabe, y la oscura posguerra iba cobrando luz con el turismo, el desarrollo, los seiscientos y... la música. Todo un símbolo de vida y libertad que en Ribeira abanderaron Los Falcons. Una pandilla de «púberes» con espíritu divertido constituía, casi sin saberlo, el primer grupo musical de la comarca. De donde sólo existían dos gaiteiros de Frións, surgió una formación que, con muy buen oído, plagiaba descaradamente pero con la mejor fe a los Rolling o Los Brincos, y hacía la competencia a los míticos Tamara.

27 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Corría el verano de 1963 cuando unos chiquillos ribeirenses, de entre once y dieciséis años, decidieron dar rienda suelta a sus inquietudes musicales. La pandilla, que sobrevolaba las calles de la ciudad bajo el nombre de guerra de los Halcones, se convirtió en la primera banda de Barbanza, traduciendo su poderío -así mandaba la moda- al inglés: nacían Los Falcons. Germán Fernández -sustituido en 1964 por el nuevo cantante Jesús Sanmamed-, Carlos Míguez, Manolo Pueyo, Jesús y Pedro Antas y Manolo Sexto comenzaron ensayando en el local de la emisora parroquial, y padeciendo la precariedad de medios: tapacubos en vez de platos para la batería, amplificadores mediocres y alquilados. Pero la ilusión y el buen rato que pasaban en vacaciones rompía esas débiles barreras. Los cambios La formación sufrió variaciones, como toda banda mítica que se precie. En 1966, Riqui Figueirido tomó posesión del micro; y en 1968 Ángel Quintela ingresó en lugar de Sexto. Pedro Antas sacaba las canciones a oído. Penín transportaba batería, dos guitarras, un bajo, un teclado y la birria de ampli. No importaba el deficiente sonido. La sala de fiestas Cambeiro, en la actual plaza do Concello, el Círculo Mercantil y las bodas eran dominio de Los Falcons. Sonaban con ganas y garra las canciones de Los Brincos, Los Mustang, Lone Star, Los Beatles, las instrumentales de los Shadows, las lentas italianas... Con el tiempo, a partir del 66, el grupo iba más rodado, compaginado y con instrumentos mejores. Si una orquesta les prestaba los suyos, sonaban a gloria. Aunque el cantante temía entrar a destiempo; miraba de reojo al guitarra, que indicaba el instante oportuno para, por ejemplo, marcarse una versión del himno de Jagger convertido en Satisfecho por obra y gracia de Los Salvajes. La experiencia también servía para aprender trucos de guante blanco: en las bodas utilizaban hábilmente las maletas de los instrumentos para embalar todas las botellas que apañasen. Bien se lo merecían; sólo cobraban para pagar los instrumentos. Incluso corrían peligro. Una vez, el vocalista, ante el suelo mojado, tuvo que cambiar sus zapatos de suela por los de goma de un camarero para evitar descargas. El fin y el regreso El de 1969 fue el último verano de una trayectoria en progresión. Los estudios, la mili, el mar, el trabajo, desperdigaron a Los Falcons. Algunos se desvincularon de Ribeira y no pisaron más un escenario. Treinta y dos años después, Fuco Antas, hermano de Pedro y Jesús y especie de manager del grupo, organizó una reunión en el Círculo Mercantil. No sólo se veían las caras los Falcons sino todos los amigos y la ristra de fans que los seguían de cachondeo por doquier. Alegría y nostalgia se mezclaron para dar más validez que nunca a la vieja expresión: ¡qué tiempos aquéllos!