Santos y lacones comparten furgoneta bajo la lluvia en Valga

Serxio González Souto
Serxio González VILAGARCÍA / LA VOZ

VALGA

Martina Miser

La procesión de los perniles recaudó 790 euros tras sobreponerse al mal tiempo a base de paraguas, retranca, gaitas y estruendosos foguetes

03 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

En Galicia, A Candeloria predice el tiempo como la marmota Phil. No por lo que duerma o deje de dormir, como sucede con el perezoso roedor de los americanos, sino por lo que venga de arriba el 2 de febrero. «Se chora [si llueve], vai medio inverno fóra. Se ri [si brilla el sol], está o inverno por vir». A la vista de los chuzos, que caen de punta, debemos de encontrarnos en el centro de esta tremenda invernía.

El caso es que, según las crónicas, una peste diezmó el ganado en algún momento del siglo XIX y convenció a los vecinos de Cordeiro de que solo sumando las fuerzas de las tres efigies que veneraban podrían acabar con ella. Desde entonces, cada 25 de enero san Antón y san Roque son trasladados a la capilla de Vilar, donde permanecen junto a san Paio una semana. El día de A Candeloria, el trío es conducido en procesión hasta la iglesia parroquial de Santa Comba. No de cualquier forma, sino flanqueado por una sucesión de lacones que las gentes donan para ser subastados tras la misa de rigor.

Que conste que la de ayer no fue una procesión de tantas. Por primera vez en mucho tiempo, la lluvia y el viento se desataron con fuerza sobre las siete estaciones (Vilar, Vilarello, Moldes, As Eiras, Outeiro, Ferreirós y Beiro) en las que la comitiva debía detenerse, cada una con su correspondiente altar y sus fieles deseosos de realizar ofrendas contantes y sonantes, rozar los rostros de los santos con un pañuelo que después guardarán en casa y de vez en cuando acariciarán en busca de su protección, disfrutar de la música del grupo de gaitas Brisas do Río Ulla (fundado en 1928 en Catoira, es el más antiguo de Galicia en activo), asentir complacidos ante el estruendo de los foguetes que sepultan los ladridos de los canes y el rugido de las motosierras, y sumarse, en fin, al gentío en su recorrido de cinco kilómetros hasta el destino de todos, en una iglesia que fue fundada en 1736.

«Non acordo máis que tres ou catro veces nas que chovese», calcula Luz Divina López, que roza los ochenta años y mantiene viva la brava tradición de portar al menos un lacón en una cesta que sostiene sobre su cabeza, sin apoyar una sola mano y a velocidad de vértigo. Pero llueve, y el altar de Vilarello se ha improvisado dentro de un galpón. En lugar de caminar a hombros de sus porteadores, los santos viajan en furgoneta, acompañados de catorce rotundos lacones. «Este ano son bos, pero ningún de casa, e que lle queres se ninguén mata xa?». En Moldes, ni siquiera los sacan del vehículo, para disgusto de un vecindario enfadado con el cura. «E logo que cre, que nós estamos así por gusto? Aquí tamén queremos as ofrendas».

En lluviosas ocasiones anteriores, la comisión, por lo visto, recurría a unos plásticos con los que proteger tallas y viandas. Por la razón que sea, al pastor no le ha gustado la idea. Así que la gente conversa de lo suyo [—«Non sabedes quen morreu? Fulano de tal! —Pero morreu de todo?»] mientras una señora se acerca al crego para decirle con seriedad: «Hoxe non debía chover». Al fin y al cabo, al párroco se le supone hilo directo con los poderes superiores, que mandan en estas cuestiones. Será por esto o por cualquier otra cosa, pero a partir de As Eiras el tiempo mejora. El furgón desaparece y santos y lacones quedan liberados. Con paraguas, pero al fin a pie. Bizcocho y tróspiros de vinillo Sansón en Mármoles Cordeiro, vuelta en torno al templo de llegada y los lacones se internan en la iglesia de Santa Comba para yacer a los pies de los tres santos, al lado de una ocurrencia; una caja de langosta que alguien también ha cedido. Tras la misa, Chico García, veterano subastador, dirige la poxa de los perniles, que cotizan entre 40 y 70 la pieza y recaudan 790 euros para la causa de Valga. Objetivo cumplido.