«Antes ata botabamos a sesta na batea»

Rosa Estévez
rosa estévez O GROVE / LA VOZ

O GROVE

MARTINA MISER

Empezó a trabajar en las mejilloneras cuando estas aparecieron en la ría: «Estabamos no mar de sol a sol»

04 mar 2020 . Actualizado a las 18:32 h.

El padre de Rita era labrador. Un labrador hacendoso, que trabajaba en el campo y en todas aquellas faenas que podía para redondear la economía familiar. «Daquela as bateas eran unha cousa nova que empezaba a vir, e el traballou facéndoas. Era un negocio que che daba cartos adaptados á vida que había daquela, dábache para vivir... Así que un día empezou el tamén», recuerda su hija. Los años cincuenta agonizaban. Ella era una rapaza joven, llena de energía, y asumió con naturalidad el nuevo oficio familiar. Al abrir el día se levantaba y, de buena mañana, se subía a la bicicleta y pedaleaba desde su casa en Noalla hasta O Grove. Allí se encaramaba «a un barquiño de remos» para desplazarse hasta la mejillonera. «Eu nunca remei, ese oficio nunca o fixen», dice sonriendo. Debía reservar sus fuerzas, porque sobre la batea le esperaba una jornada de durísimo, trabajo.

«Daquela as bateas non eran coma hoxe. No medio tiñan unhas táboas, para o caseto, porque todo o traballo se facía alí», explica Rita. No había máquinas, así que las cuerdas se levantaban a pulso, con una polea y una manivela. «Cando estaban arriba estirabámolas pola batea e cun gancho tiñamos que darlle forte, porque o mexillón daquela non caía. Era un mexillón enorme e tiña moita forza, moita máis ca agora». En los albores de la mitilicultura gallega, los trabajos de desdoble se hacían de forma manual; la clasificación del bivalvo que salía para el mercado, también. «Era un traballo moi escravo», recuerda Rita, que fue testigo de la revolución tecnológica que vivió el sector. «Cando chegou a parrilla, que sirve para limpar o mexillón, xa foi todo un invento», cuenta Rita. Y oyéndola no nos queda más remedio que darle parte de razón cuando afirma que «agora ir á batea non é ir á batea». «As máquinas quitaron moito traballo», y permitieron que la producción de mejillón alcanzase las astronómicas cifras que el sector gallego mueve hoy en día. Porque, cuando Rita era joven, «nun día facíamos cincuenta sacos de mexillón; para facer cen había que traballar moito». Ahora, sin embargo, en cinco horas de trabajo se pueden hacer ochocientos sacos, «catrocentos de calquera forma en dúas horas», matiza su hija, Inés, que también trabaja sobre las bateas de la familia en Arousa.

A quienes tienen este oficio les ocurre algo muy particular: descubren con el tiempo que su trabajo tiene un aquel adictivo. Rita lo reconoce. «A min sempre me gustou». No sabe decir la razón exacta. Quizás porque era un oficio que le permitía vivir con dignidad. O quizás porque trabajaba en medio del mar. Y eso que ella, cuando empezó el viaje profesional, se mareaba. «Logo acostumeime». Al subirse por primera vez a una batea, siendo una rapaza a unos años de cumplir los veinte, no sabía nadar. Y cuando se bajó de ella, con las 65 velas ya sopladas, seguía sin haber aprendido. «Nunca souben. Meu pai tampouco», relata. Tuvo suerte, porque en su dilatada carrera como bateeira nunca cayó al mar.

Más mujeres

«Cando eu empecei, había máis mulleres que ían ao mexillón», recuerda. Luego, durante unos años, dejaron de ser visibles. Pero ahora, la reivindicación del trabajo femenino ha llegado hasta los polígonos mejilloneros. E historias como la de Rita cobran la relevancia debida: la relevancia de las pioneras. Porque esta mujer recuerda, perfectamente, aquellas jornadas en las que se vivía en la batea «de sol a sol». «Ou levabamos a comida ou a faciamos alí, que tiñamos unha cociniña cunha bombona de gas», relata. Y después de comer, en verano, «ata botabamos a sesta» para coger fuerzas y seguir trabajando.

Ahora, relata, todo es diferente. Las máquinas han aligerado el trabajo, pero «agora teñen que ir ao mar moi pola noite, e iso é o que non me gusta», explica ella, que es madre y abuela de bateeiros. Un oficio del que no ha acabado de desengancharse: hace unos meses volvió al mar para ver cómo funcionaba una de las últimas máquinas adquiridas para la empresa familiar. Encoge los hombros y sonríe al contarlo. «As cousas cambiaron moito», insiste, y ella quiere estar al tanto. También el sector ha cambiado: ella vivió los tiempos del nacimiento de Amegrove, una cooperativa que logró que «houbera que ir ás depuradoras case a pedir esmola». «Agora hai demasiada xente por fóra das asociacións».

Es defensora de las asociaciones: «Antes parecía que ías ás depuradoras a pedir esmola»

La suya era una familia de labriegos, pero su padre vio una oportunidad en el mejillón