La reconversión de Patoquiño en Patoco

Vivía para su trabajo, rehusaba las grandes comidas y las faldas y construyó la mayor narcolancha vista en España, la Patoca

Manuel Abal Feijoo fue conocido como Patoquiño, primero, y como Patoco, después
Manuel Abal Feijoo fue conocido como Patoquiño, primero, y como Patoco, después

VIGO / LA VOZ

Manuel Abal Feijoo, Patoco, se sentía protegido en su Cambados natal y no abandonaba fácilmente la comarca que le vio nacer. Motivos sobraban. Se sabía vigilado por su condición de líder de «la mayor organización de lancheros» en Galicia durante la primera década del nuevo siglo. «Su vida era el narcotráfico y las planeadoras. Le seguimos durante años de cerca y solo viajó dos veces a Madrid, para comprar dos coches, y una a Barcelona para asistir al salón náutico». Lo explica un agente del Grupo de Respuesta contra el Crimen Organizado (Greco) en Galicia que le siguió de cerca: «Le gustaban los bares de su pueblo, solo con gente conocida, ahí estaba cómodo y tenía reuniones de trabajo».

Patoco, que falleció en el 2008 en accidente de tráfico con 38 años, no encaja con el estereotipo del negocio. «Ni le gustaban las grandes mariscadas ni era de comilonas en general. Tampoco le gustaban las mujeres, ni iba por ahí a buscarlas, como otros muchos, algunos próximos a él». Solo pensaba en el trabajo, «noche y día, incluso en su tiempo libre». Su organización estaba perfectamente engrasada y «él permanecía en contacto permanente con cada departamento. Era el perfecto líder». La investigación del Greco concluyó que, hasta su fallecimiento, era el rey de las descargas, pero no el dueño de la droga: «Trabajaba por encargo para otros peces gordos que sí tenían conexiones en Colombia».

La joya de la corona

Incluso tuvo tiempo y dinero para hacer realidad su gran sueño: construir la mayor narcolancha vista en España: la Patoca, de 18 metros de eslora y siete motores con 2.100 caballos. Una fórmula 1 que apareció varada una mañana de febrero del 2009 en Nigrán tras una persecución por la ría a la luz de la luna. «Era la joya de la corona, compuesta por muchas planeadoras de todos los tamaños, la flota más grande jamás requisada. Ni Sito Miñanco tuvo nada igual».

En el 2001 y ya siendo una persona de posibles, Patoco protagonizó una sonada jugada judicial para esquivar una condena de 9 años de cárcel por narcotráfico. La causa se remontaba a 1994 y Patoco, sentenciado junto a su mujer en el proceso, llamó a la puerta del Gobierno de España, entonces presidido por José María Aznar (PP). Se declaró inocente, ajeno a cualquier organización ilegal y se presentó como un profesional de la hostelería, en calidad de administrador y asalariado. La petición de indulto cayó en saco roto, igual que cayó, pocos años después, toda la organización de Patoco.

«Se le escuchaba pedir tratos de favor a sus abogados si le chivaban que estaba en peligro. Buscaba la mediación, el favor, sobre todo para el trato en las prisiones. La posibilidad de acceder a un tercer grado lo antes posible le quitaba el sueño», explica un inspector de la Agencia Tributaria que también participó en la investigación que tumbó el imperio. Naves, embarcaciones deportivas, vehículos, empresas de construcción, energía u hostelería, casas, pisos o terrenos forman un capital valorado en 50 millones de euros que esperan, desde el 2016, salir a subasta. Manuel Abal empezó a levantarlo con 20 años siendo Monolo Patoquiño y lo dejó, ya en la cresta del negocio, siendo Patoco.

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JAVIER ROMERO
Alijo de droga apresado en Punta Arnela (Muxía) y descargado en el puerto de A Coruña durante la operación Tabaiba en el 2009.
Alijo de droga apresado en Punta Arnela (Muxía) y descargado en el puerto de A Coruña durante la operación Tabaiba en el 2009.

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Manuel Abal Feijoo (Cambados, 1970) ya pilotaba entre bateas de mozalbete. Entonces aún le llamaban Manolo Patoquiño. Su bautismo policial llegó con 19 años. El motivo eran 3,3 toneladas de hachís que la Policía Nacional atribuyó a los Charlín. La investigación se incluyó en la operación Nécora y el joven Patoquiño, en calidad de ávido lanchero, compartió banquillo de los acusados con los primeros espadas de la mafia gallega. Solía vestir chándal y respondía reiteradamente en gallego al tribunal y la Fiscalía. Le pedían 8 años de cárcel y salió absuelto, pocos pensaron entonces que aquel benjamín acabaría copando en pocos años las descargas de cocaína en Galicia. Ahí ya se le conocía en Arousa, en el negocio y entre las fuerzas del orden por Patoco.

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