Muelle sin pasajeros, pero con trascendencia

José Ramón Alonso de la Torre
J.R. Alonso de la torre REDACCIÓN / LA VOZ

AROUSA

MARTINA MISER

El último barco diario fue la motora verde que llegaba desde Rianxo a principios de los 80

28 nov 2021 . Actualizado a las 21:07 h.

Lo llamamos Muelle de Pasajeros de Vilagarcía, pero la verdad es que pasajeros hay pocos. Si acaso, los navegantes que llegan en sus yates. Hace mucho tiempo, sí que tuvo pasajeros y aún conocí en los años 80 la motora verde y lírica que unía cada mañana los puertos de Rianxo y Vilagarcía. Recuerdo que en ese barquito, precioso y bien pintado, venían cada mañana algunas vendedoras de verduras y una chiquilla rubia que estudiaba Secretariado en el Instituto de Fontecarmoa (hoy Bouza Brey) y me contaba en clase las vicisitudes de su navegación diaria.

Como servidor era del puro secano, aquello de que tener una alumna que venía cada mañana en un barco verde me parecía muy extraño, algo inaudito, como si en lugar de la vida real, fuera un episodio sacado de una novela naturalista. Las cosas cotidianas del mar asombran mucho tierra adentro. En Albacete y en Teruel, conocen las playas, los bares portuarios veraniegos, los paseos marítimos en agosto, las raciones de mejillones y zamburiñas y poco más. Es el mar convertido en diversión, no en realidad del día a día.

La entrevista de Eloy

El pasado martes, me entrevistó Eloy Magariños para hablar de un Callejón del Viento y mientras entraba en antena, activé el altavoz del teléfono y una compañera de trabajo escuchó algunas noticias y la publicidad. Me llamó mucho la atención porque ponía la misma cara que si hubiera sintonizado con una emisora de Marte. En la radio sonaban informaciones y anuncios sobre pesca, seguros marítimos, efectos navales y verbenas en casas del mar. Para mi compañera, aquello era increíble. Desde Cáceres, estaba descubriendo que el mar es mucho más que una postal, un paseo por la arena y un tinto de verano en un chiringuito. El mar es una forma de vida y marca la existencia de quienes habitan en sus orillas.

Navegando cada mañana

Aquella alumna de Rianxo navegando cada mañana hacia el instituto me rompía los esquemas porque yo era un tipo de secano cuya experiencia viajera más importante había sido el autobús. El caso es que, al cabo de un año, la motora de Rianxo dejó de ser rentable o se jubiló el propietario y el muelle de Vilagarcía se quedó sin pasajeros, aunque no perdió su nombre y, sobre todo, no dejó de ejercer un atractivo singular y misterioso sobre los vilagarcianos. Porque es verdad que tenemos un estupendo paseo marítimo, parques magníficos, vías verdes y senderos por el monte, pero para un vilagarciano, no hay paseo más reconfortante que darse una vuelta hasta el final del muelle de pasajeros y volver.

Además, es un paseo con ritual: se camina despacio, deteniéndose a curiosear los yates a la ida y los barcos del práctico, de la aduana o el que iba una o dos veces por semana a la isla de Sálvora a llevar suministros al farero, a la vuelta. Pero el momento trascendental, pura meditación, instante mindfulness a la vilagarciana, es cuando llegamos a la punta del muelle y nos sentamos en un banco, o nos quedamos de pie, dedicándonos a contemplar el mar, la ría, los barcos que parten, los islotes, el Barbanza… Y al cabo de un rato, saciados de trascendencia y momento presente, nos giramos y regresamos hacia Vilagarcía contemplando la ciudad, sintiéndola nuestra, en fin, misticismo marítimo en estado puro.

Los yates Azor y Giralda

Algo debe de tener el muelle de pasajeros, porque fue allí donde el rey emérito recibió el homenaje de los representantes municipales de Vilagarcía. Allí atracaban los yates Azor y Giralda y cuando había un alijo importante de droga en el mar, era allí donde amarraban las lanchas incautadas mientras el muelle se llenaba de Mercedes último modelo conducidos por los abogados de los narcos.

La cuestión automovilística es otro punto importante. Un vilagarciano fetén, lo primero que hacía cuando compraba un coche nuevo era darse una vuelta con él por el muelle de pasajeros de Vilagarcía: iba hasta el final, frenaba, observaba el panorama con misticismo y volvía por donde había venido. Es decir, lo mismo que caminando, pero con coche nuevo.

Hay que conocer todo esto para entender lo que supone cualquier cambio en el muelle de pasajeros de Vilagarcía. La visión del bar, cerrado, y del Club de Mar, triste y a merced del viento y la degradación, es desoladora para los vilagarcianos. Remozar ese espacio, volver a hacerlo agradable y dotarlo de vida es algo que quedará en el haber de quien tome la decisión.

La recuperación del muelle

Sería bonito contar en ese histórico muelle con unas instalaciones dedicadas a información y turismo (parece aquel ministerio de don Manuel). Y habilitar una zona de hostelería es fundamental. Los bares que han abierto en ese muelle han tenido una vida corta, pero a los vilagarcianos les gustaba detenerse a tomar un café o una cerveza porque, ya digo, en el muelle de pasajeros el tiempo se detiene y el trance sobreviene.

Tampoco parece mala idea convertir la histórica sede del Club de Mar en una estación marítima. No es que haya muchos pasajeros, pero sí existe un interesante tráfico de yates, los barcos turísticos tienen su sentido en determinadas épocas del año y quién sabe, igual hasta se anima algún consignatario con nostalgia y restablece la ruta Vilagarcía-Rianxo con un barquito verde y una chiquilla rubia.