El cuadro de Mejuto y la nueva realidad

el callejón del viento J.R. Alonso de la torre REDACCIÓN / LA VOZ

AROUSA

MONICA IRAGO

Veranear en el balcón nos ha permitido ahorrar y plantearnos la vida de otra manera

27 sep 2020 . Actualizado a las 20:12 h.

Veranear en el balcón o en el porche ha provocado un movimiento sísmico en la economía: el dinero que no hemos gastado en agencias de viajes ni hoteles nos lo vamos a gastar en reformas. La pandemia, el consiguiente confinamiento y la austeridad obligada están beneficiando a las empresas de construcción. «Hay mucho interés en hacer reformas», contaban esta semana en estas páginas desde Mamparas Rías Baixas.

El problema es que hay cola. Unos amigos vilagarcianos pidieron en agosto unas ventanas formidables hechas en Alemania y no se las pueden colocar hasta noviembre. Queremos reformar la casa y buscamos luz, más luz a sabiendas de que en cualquier momento volverán a encerrarnos. «Quieren cambiar baños, cocinas... Y sobre todo quieren espacios más claros, más luminosos, más amplios... Por ejemplo, nos piden mucho paredes de cristal para que entre la luz», explicaban desde la Constructora Rey.

Escribo este Callejón del Viento rodeado de pintores. Mi casa parece el escenario de una distopía, es como si el entorno se reprodujera en el hogar. Pasan por el pasillo pintores con mascarillas, todos los muebles están movidos de sitio y cubiertos con plásticos, el suelo está alfombrado por una moqueta gris arrugada y manchada de lamparones de pintura y debo teclear en la mesa de la cocina, el único espacio de la casa al que no llegan las brochas ni los rodillos.