El cuadro de Mejuto y la nueva realidad

Veranear en el balcón nos ha permitido ahorrar y plantearnos la vida de otra manera


redacción / la voz

Veranear en el balcón o en el porche ha provocado un movimiento sísmico en la economía: el dinero que no hemos gastado en agencias de viajes ni hoteles nos lo vamos a gastar en reformas. La pandemia, el consiguiente confinamiento y la austeridad obligada están beneficiando a las empresas de construcción. «Hay mucho interés en hacer reformas», contaban esta semana en estas páginas desde Mamparas Rías Baixas.

El problema es que hay cola. Unos amigos vilagarcianos pidieron en agosto unas ventanas formidables hechas en Alemania y no se las pueden colocar hasta noviembre. Queremos reformar la casa y buscamos luz, más luz a sabiendas de que en cualquier momento volverán a encerrarnos. «Quieren cambiar baños, cocinas... Y sobre todo quieren espacios más claros, más luminosos, más amplios... Por ejemplo, nos piden mucho paredes de cristal para que entre la luz», explicaban desde la Constructora Rey.

Escribo este Callejón del Viento rodeado de pintores. Mi casa parece el escenario de una distopía, es como si el entorno se reprodujera en el hogar. Pasan por el pasillo pintores con mascarillas, todos los muebles están movidos de sitio y cubiertos con plásticos, el suelo está alfombrado por una moqueta gris arrugada y manchada de lamparones de pintura y debo teclear en la mesa de la cocina, el único espacio de la casa al que no llegan las brochas ni los rodillos.

Al estrés del confinamiento, le sucede el estrés de las reformas, que son uno de los principales surtidores de ansiedad, solo por debajo de las mudanzas en toda regla y la pérdida de los seres queridos. A veces, algún pintor pide permiso para quitarse la mascarilla y cedo, ¡qué remedio si anuncia que se asfixia!, provocando en mí una reacción de la que hablan en Mamparas Rías Baixas: «Que los obreros entren en una casa no le gusta a todo el mundo, y eso que nosotros trabajamos con todos los protocolos de seguridad».

Cuando acaben los pintores, llegarán unas nuevas librerías. Este otoño va a ser doblemente duro: me obligarán a desprenderme de libros y folletos y de ropa que ya no uso. Decidir qué prendas van al contenedor de la ropa usada es fácil. Para ello basta con hacerse unas preguntas muy sencillas: ¿Me están bien este jersey y estos pantalones? ¿Me los puse alguna vez el invierno pasado? ¿De verdad creo que voy a adelgazar lo suficiente como para que me entren sin apreturas? ¿Volveré alguna vez a ser joven? La respuesta es no y la decisión es sencilla y práctica: al contenedor con ellos.

Lo de los libros y los papeles es más peliagudo. Hay folletos de ciudades y rutas que puedo tirar al contenedor de papel porque su información se puede conseguir fácilmente en Internet. ¿Pero qué hago con los dípticos, los trípticos y los librillos sentimentales? Por ejemplo, guardo en una carpeta los programas de las fiestas de San Roque y Santa Rita de Vilagarcía desde el año 1982. No sirven para nada salvo para avivar los recuerdos. Quizás ayuden algún día a escribir un artículo nostálgico, ¿pero merece la pena llenar una parte de la nueva librería con esa carpeta? El problema es que, si hago caso a la memoria sentimental, no tiraré nada y al final tendrán que tirarme a mí al contenedor de los seres sobrantes porque ya no cabré en una casa llena de papeles y melancolía.

Las reformas son un trance complicado y nos hacen sufrir porque nos obligan a enfrentarnos al pasado. Por ejemplo, los cuadros. Los he contado. Tras retirarlos de las paredes para que las pinten, reposan sobre dos camas y un sofá. Tengo 45 entre fotos grandes enmarcadas y pinturas. Hay que deshacerse de algunos que ya aburren, pero nunca me desharé de un Mejuto que cuelga en el pasillo.

Un cuadro valioso

Ese cuadro, además de ser el más valioso de los que tengo, es fruto de un trueque con Vítor Mejuto, hoy Jefe de Fotografía de La Voz de Galicia y hace 20 años responsable de las fotos en la edición de La Voz de Arousa. Yo le di un deshumidificador a cambio de un gran cuadro conceptual. Como me mudaba a una tierra seca, no necesitaba el deshumidificador para nada. El cuadro, además, tiene la ventaja de que se puede colocar de manera horizontal o vertical. El concepto que encierra sugiere con la misma intensidad en las dos posturas. Durante un tiempo, colgó vertical al fondo del pasillo, ahora cuelga horizontal a la salida del salón. En ambos casos, lo descubro cada vez que levanto la vista y me recuerda los laberintos en los que te enreda la vida, los caminos inesperados de la existencia y la futilidad de los planes: ayer todo era seguro y evidente y hoy, por culpa de un virus, estoy escribiendo en una cocina rodeado de pintores de brocha gorda cubiertos con mascarilla.

Esta semana, Mariña Álvarez, de la constructora F. Cores de Vilanova, planteaba a la compañera Rosa Estévez un cambio importante en nuestras vidas: «A xente dálle ágora máis importancia á vivenda que a ir de vacacións ou a mercar un coche novo». Veranear en el balcón o en el porche ha variado nuestra perspectiva vital: ahora vemos el cuadro de otra manera, aunque el concepto esencial sea el mismo.

Las mudanzas,

las pérdidas de seres queridos y

las reformas provocan estrés

Cambié el cuadro conceptual por un práctico deshumidificador que me sobraba

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
4 votos
Comentarios

El cuadro de Mejuto y la nueva realidad