No te olvides el QR cuando vayas a la playa

La idea de controlar el aforo de las playas debe de ser como lo de poner puertas al campo, pero en versión marítima


A Illa. Ochenta playas. Casi cinco mil habitantes. Todo costa. Hace años que bromeábamos con Julián García y con el exalcalde Manel Vázquez sobre la posibilidad de poner un paso fronterizo al terminar el puente para regular el paso dos que chegan do continente. Una chanza y poco más porque todos sabemos que, sobre todo en verano, están encantados con que sus playas y sus fiestas gastronómicas de cada fin de semana, vitales para que muchos niños puedan hacer deporte en invierno por la captación de fondos para los clubes, tengan mucho éxito y los veraneantes traigan muchos cuartos.

Por mucho que uno piense que está todo inventado siempre hay algo que te sorprende. Ya cantaban Don Hilarión y Don Sebastián aquello de que la ciencia adelanta que es una barbaridad en la Verbena de la Paloma. Ellos hablaban sobre las bondades del aceite de ricino, «que ya no es malo de tomar». Necesitaríamos, por cierto, una zarzuela sobre el covid-19, que con todo lo que está pasando últimamente en Madrid hay argumento de sobra. Por aquí, de momento, nos va a dar para tener algo más de que hablar lo del código QR. Porque ha surgido la idea de controlar el aforo de las playas, que debe ser como lo de poner puertas al campo, pero en versión marítima. No lo veo yo muy factible en A Illa, por ejemplo. Ochenta playas. Casi cinco mil habitantes. Pero, de momento, el marrón ya lo tienen los alcaldes entre las manos. Se ha puesto de moda el pelotazo hacia atrás en el panorama político. Es como si Messi, que es el que gana más pasta y también el que debería ganar más partidos, le pasara el balón a un canterano y le dijera «hoy no me apetece llevar patadas, resuelve tú la papeleta, que a mí me da la risa» antes de hacer mutis por el foro.

Era lo que nos faltaba. ¿Metí todo en la bolsa de la playa? Llevo las meriendas de los chavales, dos botellas de agua, mudas para que se quiten el bañador mojado antes de meterse en el coche, toallas, crema para el sol, un libro para que se tueste la portada al sol de no abrirlo, el periódico para ponerme de mal humor si hace viento y no lo puedo leer, las palas, que hace tiempo que no salen de casa y así se airean, los manguitos y el unicornio gigante. Ah y las gafas de sol.

Vale, ¿pero llevo el Código QR? Mierda, no. La cagaste Burt Lancaster. Te comes el atasco, encuentras un sitio para aparcar solo diez minutos después de llegar a la playa y te olvidaste del código QR. Es para colgarte de un pino, Avelino.

Y cuidado con las gracietas. Que como en algún grupo de WhatsApp hagan la coña una noche en Portonovo, o en Madrid, colapsan la playa de Silgar en un pispás, y quién vería la playa. Vacía, pero perfectamente cuadriculada y con sus acomodadores listos, pero sin clientes.

En fin. A Illa. Ochenta playas. Casi cinco mil habitantes.

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