El pin parental y el sentidiño

En la cultura popular rural y marinera no se entienden las excentricidades de Vox


redacción / la voz

Hace unos años, durante un examen en el instituto, descubrimos a un alumno que se dedicaba a pasarles las respuestas a sus compañeros. Levaba medio curso haciéndolo y no le dejamos acabar examen. Como protestó indignado, le dijimos que si se creía Robin Hood ayudando a los pobres alumnos frente a los malvados profesores. La cosa no llegó a más y quedamos en que haría el examen otro día.

A la mañana siguiente, estábamos tranquilamente en la sala de profesores, cuando entró un padre hecho una furia y dispuesto a vengarse de los docentes que habían ofendido a su hijo. Aquel padre gritaba y preguntaba fuera de sí: «¿Quién ha llamado a mi hijo Robin Hood?». Se trata de un caso extremo, de una caricatura. Pero si hubiera sucedido en Murcia, ese padre hubiera podido hacer uso del pin parental para oponerse a que le explicaran a su hijo el folklore inglés medieval.

Cuando uno escucha las barbaridades que se dicen de Pedrafita para abaixo sobre la educación que manipula los cerebros de los niños y sobre los comunistas que quieren arrebatarnos a los hijos, se da cuenta de que los políticos van por un lado con sus ocurrencias y sus exageraciones y la realidad discurre por caminos más sosegados y tranquilos, caminos que, fundamentalmente, son gallegos.

Aquí no se escuchan tonterías sobre pines parentales y hasta Feijoo pide prudencia y tranquilidad, sosiego y distancia a la hora de meterse en el complicado terreno de la educación. No se trata solo de una inteligente mirada política: enfrentar a la sociedad y a las familias con los profesores es una de las tonterías más grandes en las que puede incurrir un líder. Se trata, sobre todo, de la consciencia de que en Galicia el tremendismo no vende y, ¡oh sorpresa!, la región que hace 30 años parecía el único granero seguro de la derecha resulta que hoy es el único granero del sentidiño. Aquí, los pines parentales no molan y las familias no se suelen escandalizar, salvo excepciones contadas, ante las actividades extra escolares de los hijos, ya sean de educación para el sexo, para la ciudadanía o para la igualdad de géneros.

En el fondo, en ningún lugar como en Galicia se entiende que, a los 16 años, los jóvenes se educan donde menos te lo esperas o, como decía un profesor con ironía: «Si no soy capaz de que coloquen bien una tilde, ¿cómo pueden pensar que voy a ser capaz de que se hagan homosexuales?».

Nadie sabe cómo orientar la vida de un hijo adolescente. Esos años, para los padres, son un sinvivir y no hay quien los libre de los sobresaltos. Pero hay una ley no escrita que dice que todo lo que se convierte en asignatura o en explicación, entra inmediatamente en el campo de la norma y un adolescente es un ser cuyo objetivo primero es saltarse las normas.

En el Instituto de Fontecarmoa, ya en 2001, se impartían unas revolucionarias clases de educación sexual que levantaban mucha polvareda entre los profesores conservadores, pero que jamás provocaron la menor protesta de los padres. ¡Y cuidado!, eran tan revolucionarias que se repartían preservativos y se explicaba cómo usarlos. Cuestión distinta es si se usaban bien porque a la hora de la verdad, seguía habiendo algún embarazo prematuro no deseado, aunque menos que en otros institutos de la localidad donde el sexo seguía siendo tabú, las mujeres, según el profe de Religión, seguían siendo vacas de Baal y las excursiones de fin de curso provocaban temblores en los padres. Sí funcionaba en el instituto el consejo no reglado, la charla informal y cercana con los profesores y, sobre todo, la complicidad entre padres y docentes, que es la base de la educación y no ese veto parental que va contra toda lógica adolescente: cuanto más se prohíbe algo, más se anhela.

No hace tanto que en los institutos era necesario explicar que una mujer con la regla podía ducharse, lavarse el pelo y hacer mayonesa sin que se cortara la salsa. Eran los tiempos en los que el argot juvenil gallego era rico en expresiones para referirse a la menstruación, que era conocida como la prima, la santajuana o los pintores. «Tengo pintores en casa», decían las muchachas evitando pronunciar una palabra tabú llena de prejuicios.

Las madres, hablo de los años 80 y 90, no se oponían a las clases de educación sexual, pero les costaba superar sus prejuicios sobre la mayonesa cortada o la cabeza lavada. Desconfiaban de aquellas sexólogas modernas, pero no protestaban ni vetaban. Y normalizar la homosexualidad está costando un poco, pero normalizar el lavado del cabello con la regla requirió un esfuerzo titánico que hoy, en Murcia, habría sido vetado. Para Vox, si una madre cree que la mayonesa se corta con la regla, no hay más que hablar, veto parental y mayonesa de bote.

En los tiempos en que a las chicas, por ir al baño de dos en dos, las llamaban Donuts, un novio era un chuchi, un refresquito o un ortega (por el torero Ortega Cano, pareja de Rocío Jurado) y hacer el amor era echar un caniviú, los padres gallegos no se alarmaban por tonterías. Ahora, tampoco, porque donde predomina el sentidiño, Vox sobra.

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