«Queimados» aunque no haya incendios

María Hermida
María Hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

AROUSA

LUZ CONDE

Forman parte de una cuadrilla municipal en convenio con Medio Rural. Están desmoralizados y cabreados. «Xa tivemos unha mala experiencia, coas mangueiras queimándose»,dice el capataz

26 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

El sol apretaba con cierta rabia anteayer a las cuatro de la tarde en Feitoxo, una aldea de Caldas próxima a la carretera que va a Santiago. Parecía como si el astro rey fuese consciente de que pronto una tormenta le iba a quitar el protagonismo en el cielo y quisiese apurar calentando el ambiente. Cerca de las casas, en una pista de tierra rodeada de monte alto -había tramos en los que los tojos le hacían competencia en altura a algunos árboles- se oía el rugir de desbrozadoras. Al acercarse, uno se percataba perfectamente que no se trataba de ningún lugareño haciendo cortas. No en vano, cinco hombres uniformados, con protección para la cara, eran los que trabajaban a pie de cuneta y en medio de los matorrales. Era la brigada antiincendios de Caldas, la cuadrilla que tiene el Concello en convenio con la consellería de Medio Rural. Hablar con estos operarios, acompañarlos un rato en su trabajo un día sin fuego en el monte, es darse de bruces con una realidad desoladora: ni están motivados ni contentos. Todo al contrario, y como uno de ellos decía, se sienten «queimados» aunque no haya incendios.

El primero en aparecer en escena, desbrozadora en mano y sudor cayendo por la frente a chorro, es Modesto. Aparenta más de cincuenta años y, tal y como confirma, los tiene cumplidos. Se le ve cabreado. Y lo está: «Este traballo é unha vergoña. Estamos limpando os montes e indo aos incendios por 750 míseros euros que imos cobrar -aclara que en el contrato pone que son 800 y pocos euros brutos-. Non temos plus de perigosidade, non temos nocturnidade... Non temos nada. Nin sequera nos deixan ter dignidade, porque a base onde nos teñen é como unha corte, non se meten nela nin os animais», señala. Modesto cuenta que fue navegante de joven, que dedicó luego la mayor parte de su vida laboral a trabajar en una empresa de transporte urgente. Y que de repente se vio en el paro. «E quero dicilo claramente. Estou aquí por fame, porque a miña familia ten que comer, senón non viría, isto é o último», enfatiza el hombre.

Tres carpinteros

Podría pensarse que las palabras de Modesto son exageradas. Que responden a que está peleado con el drama laboral que le tocó vivir. Pero, un poco más adelante, en la misma pista, aparecen sus otros tres compañeros peones de la cuadrilla, y el panorama es igual de desolador. Se trata de Francisco, Javier y Fernando. Los tres son carpinteros, de distintas especialidades. El pinchazo de la construcción les obligó a bregar con situaciones horrendas, huelgas laborales, impagos... Estaban en el paro y se anotaron para las brigadas casi como solución desesperada. No tenían experiencia apagando fuegos, como le pasa también a Modesto, pero «

fainos falta traballar no que sexa».

Así que se echaron al monte.

Fernando y Javier están en esa edad peliaguda en la que tiene demasiados años para encontrar acomodo en el mercado laboral y pocos para jubilarse. Javier, por ejemplo, que reconoce que ni le gusta desbrozar ni apagar llamas ni cree que sea un trabajo que deban hacer personas que ya tienen una edad, ya sopló las velas de los 54 años. Todos critican su salario. Aún así, dicen que sus compañeros de otros municipios todavía están peor, que

«aínda van cobrar uns euros menos ca nós».

 

«É unha miseria. Este non é un traballo calquera. Así non podes estar motivado, é imposible vir aquí con ánimo»

, señala Francisco, el único de los cuatro peones relativamente joven, de poco más de treinta años de edad.

La cuadrilla la completa el capataz, Gabriel, el más joven. Él sí cuenta con experiencia. Ya comandó una brigada el año pasado y, además, hizo un ciclo formativo relacionado con el monte y los recursos naturales. Así que uno presupone que estará más contento. Pero tampoco. Gabriel está que arde, y nunca mejor dicho. Eso sí, cuenta las cosas con un aplomo, un tacto y una prudencia que para sí quisieran muchos otros jóvenes de 25 años. Pero habla claro. Explica que los únicos requisitos para ser parte de una de estas cuadrillas son, básicamente, estar en el paro y pasar unas pruebas físicas que él cree escasas -«hai que subir e baixar dun banco durante uns minutos», explicó- y que eso se traduce que las brigadas acaban formadas por personas sin experiencia, que no saben cómo enfrentarse al fuego y a las que físicamente les es muy difícil hacer muchos trabajos. «Nós tivemos xa unha experiencia moi mala, coas mangueiras queimándosenos e coa xente espallada polo monte, sen manternos xuntos, que é algo básico», indica.

Gabriel insiste en que cree que todo el mundo tiene derecho a trabajar, pero que estar en el monte «é algo moi complexo». Y sus subordinados no dejan de darle la razón. Entre los cinco cuentan cómo se prepararon para la labor que tienen encomendada. «Fixemos un curso de varios días, pero de pouco valeu», sostienen. Luego, hablan de que hacen jornadas de ocho horas, bien apagando llamas si las hay bien desbrozando, y que en caso de incendio se amplía el horario a doce horas que se compensan en tiempo libre. Descansan dos días a la semana, que pueden coincidir en sábado y domingo o no, ya que para ellos los siete días son laborales. Insisten en que es legítimo «loitar por un salario mellor». Y, precisamente, al preguntarle por el asunto, el alcalde caldense, Juan Manuel Rey, utiliza la misma palabra. Dice que es legítimo que reclamen más salario, pero que se les paga de forma similar al año pasado. También alega que la base que tienen la usan otros colectivos sin problema alguno. Por su parte, Medio Rural indica que se limita a sufragar el 75 % de lo que cuestan las brigadas, y que el 25 % restante lo debe poner el Concello, pero que no está obligado a complementar esa cantidad. El regidor caldense, de hecho, indica que no lo complementan porque es lo que hacen el resto de concellos.

Tres de los peones de la brigada son carpinteros y otro trabajaba en una firma de mensajería

Salvo el capataz, ninguno de los brigadistas contaba con experiencia apagando fuegos