El bailarín que hizo de Marín una coreografía

carmen garcía de burgos PONTEVEDRA / LA VOZ

AROUSA

CAPOTILLO

Diego Landín del Río será uno de los primeros gallegos graduados universitarios en Danza Clásica

30 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

No le gusta que lo comparen con Billy Elliott. Dice que le cogió un poco de rabia desde que todo el mundo lo identificaba con él cuando salió la película y él empezaba a bailar. Y eso que entró en ello más por casualidad que por vocación, como suele ocurrir con las vocaciones claras. A él el baile le gustaba, es innegable, pero de pequeño le hacía más ilusión ponerse el traje tradicional gallego y aprender la muñeira. Fue una amiga de su madre la que le convenció de que probara suerte con el ballet en una academia pontevedresa con un profesor francés que era muy bueno. El pequeño entró y quedó prendado de la danza clásica.

Pero las cosas no están fáciles en Pontevedra para un aficionado al baile y, una vez claro que su futuro iba por ahí, Diego tuvo que dar el salto a Vigo, donde se encuentra la única academia -privada, eso sí- de la provincia que ofrece titulación oficial del grado elemental. Allí sentó las bases de lo que hoy día es su vida, y tras sacarse el nivel básico de danza él y su madre recorrieron todos los rincones de la ciudad olívica en busca de los mejores profesores de ballet. La otra opción, desplazarse diariamente a Lugo o A Coruña para obtener el grado medio, era impensable. Los esfuerzos que hacían para asistir casi los siete días a la semana a la academia viguesa marcaban el límite de lo que el joven podía permitirse mientras avanzaba en sus estudios obligatorios.

Por eso, una vez que los terminó, con buenas notas y un expediente ejemplar, su madre le ofreció al todavía adolescente Diego la posibilidad de irse a continuar sus estudios profesionales de danza a Madrid. Allí ingresó directamente en la escuela de danza de Carmen Roche, una de las más prestigiosas del país, y tras un año comenzó sus estudios universitarios de Artes Visuales y Danza en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

«Cuando alguien le pregunta a mis padres qué estudia su hijo, y ellos le dicen que danza, responden: ??ah...!??. Es un ??ah?? prolongado, seguido de puntos suspensivos», explica, y no presume de que será, junto a un moañés, el primer gallego que tendrá el título superior de Danza Clásica -el de Contemporánea fue el año pasado una coruñesa-. Tampoco de llevar cuatro años en el Ballet de Cámara de Madrid, el grupo de la universidad formado por los mejores estudiantes.

También le ocurre con sus amigos. Con uno de los dos tipos que tiene. Por una parte, están los que frecuenta en Madrid que, debido a lo feroz de sus horarios -tienen clases teóricas de 9 a 14 horas y las prácticas de 15 a 19 horas-, prácticamente se limitan a sus compañeros de facultad. A ellos no tiene que explicarles nada. Quienes todavía hay cosas que no terminan de entender son los de toda la vida, con los que creció en Marín y no comprenden cómo bailar puede enseñarse en una universidad.

Con el paso de los cursos, el joven bailarín también descubrió algo en lo que no había pensado hasta ese momento: la danza está llena de posibilidades, y la interpretación es solo una de ellas. «Cuando eres intérprete estás bajo ciertas órdenes, tienes que ejecutar lo que otros te digan aunque no sea lo que quieres expresar, pero con la coreografía soy yo el que decide lo que quiere expresar, cómo y a quién quiere dirigirlo», reconoce.

Fue así como decidió concursar en uno de los certámenes de artes más prestigiosos de España. A él concurren, entre otros, el director de la Compañía de Danza y el del Teatro Español, por poner dos ejemplos. El espectáculo ganador no solo contará con los medios económicos y técnicos para llevarlo a los escenarios, sino que será incluido en la programación nacional. Este el segundo año que lo hace. Volvió a animarle su profesor.

Tras darle muchas vueltas a sobre qué quería hacer el baile, fue una especie de revelación de segundos la que le dio la respuesta. Fue en octubre. Lleva desde entonces trabajando en un homenaje a los padres. Al suyo en concreto, quien, al igual que tantos otros marinenses, se dedicó al mar toda su vida, entre otras cosas, para que él pueda llenarse de estímulos desde la animada y céntrica calle Fuencarral de Madrid. Nueve bailarines dan vida a su Huellas marinas (http://talentmadrid.teatroscanal.com/participantes/huellas-marinas/). El plazo para votarla acaba hoy.

Prefiere la concurrida calle madrileña a las neoyorquinas, donde disfrutó de una beca en el Joffrey Ballet de Nueva York y donde rechazó en dos ocasiones otra para el Alvin Ailey American Dance Theater, uno de los más importantes de Estados Unidos. Se dio cuenta de que quería terminar antes sus estudios. «Soy muy joven y, si me lesiono, no tendría dónde agarrarme. Además, lo que me gusta es la coreografía». Pero, por encima de todo, su sueño es ser guía, acercar el ballet a una Galicia que está llena de gente a la que le gusta. El problema es que aún no lo saben.