A punto de cumplir dos años, el coworking DalleqDalle se ha convertido en un punto de encuentro en el que los emprendedores comparten proyectos e iniciativas
27 feb 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Cuando DalleqDalle abrió sus puertas, la gente paraba a Ana Baños, Raquel Prol y Susana Loroño y, tras preguntarles por su aventura empresarial, cerraban la conversación con un confuso «¿pero qué es lo que hacéis?». El coworking, reconocen ellas, es algo que «cuesta explicar». Mejor verlo, palparlo. En realidad, basta entrar en las diáfanas instalaciones que estas tres mujeres pusieron en marcha hace dos años para comprender que allí se está cociendo algo nuevo. Completamente nuevo.
«Mucha gente piensa que esto es un vivero de empresas, un lugar de alquiler de oficinas por horas», apunta Ana Baños. Algo de cierto hay en ello: DalleqDalle facilita a los emprendedores la posibilidad de acceder a oficinas, salas de reuniones y espacios multifuncionales durante el tiempo que necesiten. «Desde el punto de vista económico resulta muy interesante para quien quiere poner en marcha su negocio sin tener que hacer frente a todos los gastos que supone tener una ofician propia», explican las tres artífices de este espacio.
Los ocupantes
Así fue como llego a DalleqDalle Marcos Fernández. «Pensaba quedarme mentres buscaba unha oficina para a miña empresa. Pero o ambiente de traballo é agradable, estás en contacto con outra xente, e sendo como somos un negocio pequeno, agora pensamos en quedar aquí de forma definitiva», narra. A Marcos, para su desesperación, sus compañeros de espacio le llaman «el de las páginas web». Pero su empresa, Argidomin, no se dedica a diseñar ese tipo de productos, sino a realizar controles de calidad para que estas funcionen como es debido y tengan el resultado esperado. «Somos como os Chicotes das webs», explica Marcos, quien ha arrancado también un negocio de comercio electrónico para la venta de productos antihumedades.
A Marcos lo hemos encontrado de pie, muy cerca de la mesa en la que tiene anclado su portátil, charlando con Bibiana Fernández, la gerente de Alvamar. Su academia náutica y empresa de turismo también ha tomado como puerto base el espacio de DalleqDalle. «Llevo aquí prácticamente desde que abrió», cuenta. Aquí imparte sus clases y aquí atiende el papeleo cuando toca. Pero además, aquí, tiende redes, comparte ideas. Marcos, por ejemplo, le hace propuestas para mejorar su posicionamiento en la web. Y también se ha embarcado en un proyecto para organizar actividades para empresas que quieren reforzar las relaciones interpersonales. Lo hará con Raquel Barreiro, una coach que también le ha cogido el gusto a esto del trabajo cooperativo. En DalleqDalle atiende a sus clientes, realiza cursos y actividades, y aprovecha para decir en voz alta todas las ideas que se le pasan por la cabeza. Nunca se sabe qué puede salir de ellas después de que los demás ocupantes de la sala «hayan dado su visión, su punto de vista». Ese ambiente de «colaboración y no competición» es el mejor lugar del mundo para que prenda una chispa. Y eso es lo que la ha enganchado a un espacio al que llegó porque «cuando decidí hacerme autónoma y crear mi propia empresa, me sentí muy sola. Aquí me arroparon mucho durante ese proceso».
Carlos Villanueva ya era un empresario veterano cuando llegó a este espacio de trabajo colaborativo. La crisis se cebó con su empresa, Culturalia, la madre de un programa tan conocido y reconocido como Cinensino. «Llegaron los recortes, que fueron salvajes en áreas como prevención de drogas», y la firma tuvo que redefinirse. Carlos y su compañera ocupan un pequeño despacho. «Estamos renaciendo, aprendiendo y adaptándonos a una nueva realidad económica en la que somos conscientes de que uno solo no puede asumir proyectos», reflexiona. «Los políticos, sin querer, han cambiado las estructuras económicas por nuevos proyectos de supervivencia que no serían posibles sin el asociacionismo cooperativo».
«Aquí nadie está obligado a cooperar, pero al final el ambiente te empuja a hacerlo»
Las tres mujeres que pusieron en marcha DalleqDalle tienen espíritus inquietos y grandes sonrisas. Están satisfechas de cómo ha crecido, en estos dos años, la criatura que decidieron alumbrar hace dos años. «Sabíamos que iba a ser complicado», dicen. Lo que igual no tenían tan claro era la gran cantidad de satisfacciones que les reporta. «Poner un proyecto en marcha cuesta. Pero cuando ves que la cosa marcha, que la sala se llena, que funciona, piensas, ¡madre mía!», explica Susana.
A ella y a sus compañeras les toca actuar como coordinadoras de un espacio en el que la gente no deja de ir y venir. Algunos pasan solo una vez, otros se convierten en fijos. Ese flujo enriquece unas dependencias en las que, además, se realizan todo tipo de actividades de dinamización. Por ejemplo, encuentros empresariales «para que la gente se conozca y haga contactos». Tejer esa red invisible, que en ocasiones puede parecer innecesaria, es sin embargo fundamental para que las pequeñas empresas puedan medrar apoyándose las unas en las otras. «Aquí nadie está obligado a cooperar, pero al final el ambiente empuja a hacerlo. No hay que ver al otro como a un rival, si no como a un cooperador». O, para atenernos a la palabra de moda, como un coopetidor.