El paracaidista que se lanzó a ser payaso

Tiene su pista en la calle, desde donde ha visto hacerse mayores a los primeros niños a los que ilusionó

Don Pin Pon, en la calle Peregrina de Pontevedra, donde es ya un clásico entre niños, padres y uno más entre los que allí trabajan.
Don Pin Pon, en la calle Peregrina de Pontevedra, donde es ya un clásico entre niños, padres y uno más entre los que allí trabajan.

pontevedra / la voz

Quizá por haber hecho la mili como paracaidista no le ha importado lanzarse a la vida sin red. Ramón Ambite, Don Pin Pon para cientos de niños y adultos, payaso callejero ahora, pero anteriormente en varios circos, fue mucho antes escayolista y marinero. Ahora se mantiene a flote gracias a los globos que los niños recogen con una enorme sonrisa de su puesto callejero y que los padres abonan con «la voluntad».

La primera vez que se tiró de un avión fue con poco más de veinte años, en Alcalá de Henares. «Nunca he tenido miedo», recuerda ahora en una calle de Pontevedra. Tampoco lo tuvo una mañana de 1982, cuando, como cada día desde 1975, acudió al puerto de Barcelona para hacerse a la mar y su barco no estaba. «El maquinista se había dejado la llave de fondo abierta y se fue a pique -recuerda con una sonrisa-. Tardaban un año en hacer otro barco con la misma patente y no podía quedarme parado, esperando».

Dio el salto a Zaragoza, con un divorcio por medio, y en las fiestas del Pilar se topó con el circo. «Con el circo he estado en nueve países: el País Vasco, el país catalán, el país gallego...», ríe travieso mientras se acerca un niño a coger uno de los globos que ofrece en la calle Peregrina, vestido con una inconfundible peluca de payaso y su traje de cuadros. «¿Cuál te gusta?», pregunta antes de tratarle por su nombre de pila. Conoce a muchos. Y a otros tantos los ha visto crecer en los últimos años. «Sí, sí, todavía me saludan, ahora que son mayores».

Pero para Ramón Ambite hay algunos pequeños que son más especiales que otros. «Tengo tres hijos; de 39, 37 y 35 años». Estos a su vez tienen los suyos. Y, claro, los nietos son los nietos. Aunque una vida de escayolista, paracaidista, marinero y payaso de circo primero y callejero después tiene sus hipotecas sentimentales. «Con el mayor sí me llevo bien. Han venido a verme», dice sobre su hijo, su nuera y el nieto.

El contacto lo había perdido años atrás. Durante ocho o nueve años no hubo comunicación. Pero, cosas de las nuevas tecnologías, gracias a un reportaje periodístico, dieron con él, entablaron contacto de nuevo y le dieron al abuelo la suerte de tratar con uno de sus nietos, que no sabe que, además de ser payaso, es el mismísimo Papá Noel.

En Navidad se deja la barba, que ya nace blanca tras haber cumplido los 65 años, y trabaja escuchando los deseos y peticiones de los más pequeños. Cuando pasan las Navidades también lo hacen las cuchillas de la maquinilla por su cara y vuelve Don Pin Pon, los globos, las piruletas y la voluntad con la que tira adelante mes a mes.

«Primero es la cama y luego, comer. Nunca me han gustado los albergues. Con lo que saco, pago la pensión y después pago el resto. Como no fumo ni bebo, me va alcanzando». Pero, ahora que ha llegado a la edad en la que la gente ya piensa en la jubilación, le gustaría poder tener cierta estabilidad. En el horizonte está la tramitación de una paga de la Xunta. «No es mucho, pero daría para un alquiler, el resto ya me lo procuro yo», dice el paracaidista que se lanzó a ser payaso y que ya nunca tuvo miedo.

Estrechando la mano a mariano rajoy

En el barrio le conocen y le ayudan. «Mira, esa señora -dice al ver pasar a una mujer con bastón-, cuando cobra la pensión doble, en Navidad, me da un sobre». Hay muchos pendientes de él y pocos crueles. Aunque también algunos, confiesa. Y otros rácanos. Como los que pagan por dos globos «17 céntimos». A él le cuestan de 15 a 25 la pieza, con la piruleta que les adosa. También tuvo algún benefactor ilustre, como todo un presidente del Gobierno.

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