El sol que nunca se pone sobre el mar de A Lanzada

Maruxa Alfonso Laya
m. alfonso O GROVE / LA VOZ

AROUSA

Solo unos pocos privilegiados disfrutan cada día de ese mágico momento en que el sol se despide de la playa de A Lanzada.
Solo unos pocos privilegiados disfrutan cada día de ese mágico momento en que el sol se despide de la playa de A Lanzada. mónica irago< / span>

Quienes deciden esperar al ocaso son unos privilegiados que pueden alargar el día de playa hasta que ya no sea día

31 ago 2015 . Actualizado a las 17:05 h.

No es una metáfora. Ni siquiera una frase bonita. El sol nunca se pone sobre la playa de A Lanzada. Quizás porque sabe que sobre esta arena cuenta con miles de fans que cada tarde de verano acuden a venerarlo religiosamente. Quizás al astro rey le de pereza perder su trono y tener que ocultarse más allá de San Vicente. Pero el hecho de que el sol nunca se ponga en A Lanzada no significa que este atardecer esté exento de magia. Porque la todavía arena caliente de la que, me van a permitir, es la mejor playa de la ría, se convierte en un espacio perfecto para darle las buenas noches a Lorenzo. Y, por supuesto, rogarle que regrese al día siguiente. Porque sin sol no hay playa. Y sin playa, el sol pierde gran parte de su encanto.

Todo bañista de A Lanzada tiene que tomar una difícil decisión alrededor de las ocho de la tarde. ¿Es hora de marcharse y evitar los atascos? ¿O podemos esperar a que todo se despeje? Los primeros suelen ser mayoría así que, cuando suena el toque de queda, las sombrillas comienzan a desaparecer de la arena. Las madres inician su ajetreo para no olvidarse de cubos, de palas ni, por supuesto, de los niños. Y las pandillas abandonan la arena para disfrutar de una caña en el bar más cercano. Pero siempre hay algunos que deciden esperar al final. Privilegiados que pueden alargar el día de playa hasta que ya no sea día. Porque hay algo mágico en esa última hora sobre la arena. En ver como poco a poco el entorno va recuperando su tranquilidad. Como con las sombrillas se van los gritos, las risas y todo el barullo cediendo el protagonismo al sonido de las olas. Al mar. Como el colorido de las toallas desaparece para teñirlo todo de arena. Y es entonces cuando el sol entiende que es también hora de irse. De despedirse de sus fans. Así que, poco a poco, se va escondiendo. Es cierto, la puesta de sol aquí no tiene la espectacularidad de otros espacios. No hay rojos ni naranjas en el cielo. Pero Lorenzo premia con una dorada estela sobre el mar a los que deciden esperar. A los que, como en las películas americanas, se sientan sobre la toalla y, simplemente, miran al cielo.

Runners y andarines

No son los únicos que pueblan A Lanzada a esa última hora. Es entonces cuando el arenal más famoso de O Salnés atrae a los amantes de la vida sana. Cuando el sol ya no aprieta, los paseos de madera se llenan de andarines o de runners, como se les llama ahora a los que corren. Muchos sucumben a los encantos del momento. Paran su ejercicio para detenerse, durante unos minutos, sobre la madera. Algunos se limitan a contemplar lo que está sucediendo. Otros no pueden resistirse a intentar recoger en una fotografía toda esa magia. No lo consiguen. Porque la puesta de sol en A Lanzada es mucho más que una imagen. Es esa primera brisa que pone los pelos de punta tras un día de mucho calor. Es el silencio, solo roto por las relajantes olas del mar. Y es ver a Lorenzo despedirse tras un día duro de trabajo mientras deseamos que, por favor, mañana regrese. Sol y playa. Lo suyo sí que es una historia de amor.

«El guardián invisible»

La primera entrega de la Trilogía del Baztán, escrita por Dolores Redondo, es uno de esos libros que siempre dejan con ganas de más, que da pena acabar de leer. La historia de la inspectora Amaia Salazar nos sumerge en un mundo real, pero en el que los personajes de leyenda cobran especial protagonismo. Pero es que, además, la investigación de unos crímenes atroces obligará a esta policía a enfrentarse a sus propios fantasmas.