La imagen tiene cierto componente poético: dos señales que prohíben el acceso al parque industrial de Abalo a quienes no sean «usuarios del polígono» permanecen tiradas sobre las aceras. Parece que se han dejado caer ellas mismas, como si les hubiese dado un ataque de vergüenza ajena. Y es que el polígono de Abalo tiene unas excelentes vistas sobre el río Ulla, pero no tiene más usuarios que los camiones que, muy de vez en cuando, acuden a la fábrica de asfalto que, de forma intermitente, opera en un rincón del recinto.
Proyectado en los tiempos de bonanza, el polígono de Abalo llegó tarde a su cita con la prosperidad económica. Y lo que estaba llamado a convertirse en un polo de crecimiento y riqueza, se ha visto transformado, por el paso de los años y el olvido, en un monumento silencioso al abandono y la desidia.
Sobran las muestras. Las aceras invadidas por la maleza y todo tipo de arbustos silvestres que hasta carecen de gracia. Las señales, tiradas. Las farolas, apagadas. Las rotondas, desdibujadas bajo una gruesa capa de arena, tierra y hierbajos. Las alcantarillas, sin tapa, convertidas en peligrosas trampas en las que puede caer cualquier peatón despistado. Hasta los hidrantes han perdido parte de su anatomía metálica. Sabe Dios quién se los habrá llevado.
Para el alcalde de Catoira, el socialista Alberto García, esta estampa resulta dolorosa. Una cosa es que el polígono esté vacío por culpa de la crisis, «pero o mínimo sería que SEA se encargase de adecentalo», recalca el regidor de la localidad vikinga.
Como quiera que el zafarrancho de limpieza no se produce, por lo menos no con la periodicidad debida, el Concello se encarga de vez en cuando de hacer un somero lavado de cara a un recinto que se ha convertido en todo un símbolo de lo que pudo haber sido y no fue.