«O teu instrumento é a túa vida, ten que selo»

Descubrieron la música en la escuela municipal de Valga y se engancharon. Ahora cursan estudios superiores, atesoran reconocimientos y están dispuestos a dar la batalla por vivir de su pasión


Prueben a preguntarle a un joven estudiante de música que escucha en el coche, o en casa. Probablemente le dirá nombres de compositores de los que usted no habrá oído hablar nunca. Pero también colará entre sus preferencias grupos modernos. Y, como no, a los Beatles y los Rolling Stones, que ya forman parte del abecé musical de todos los tiempos. Una respuesta así de amplia y variada es la que ofrecen los cinco jóvenes de los que les hablaremos a continuación. Cinco chavales de Valga que hace años, cuando apenas levantaban un palmo del suelo, se apuntaron a las clases de música e movemento de la escuela municipal de música, y que hoy realizan estudios superiores en conservatorios de Galicia, Madrid, Salamanca y Mallorca.

Las historias de Moisés, Lorena, Brais, Roi y Adrián son parecidas. Comenzaron siendo alumnos de la escuela municipal, dieron el salto a la banda de Valga y un buen día descubrieron que querían hacer de la música su vida. Así que se han aferrado a sus instrumentos y han emprendido el viaje. No se crean que el recorrido es fácil. Por lo pronto, se enfrentan a los mismos problemas que el resto de los estudiantes: desde planes de estudio sin pies ni cabeza en los que «se te paras a contar, ves que as horas de estudo que nos marcan son máis que as que ten o día», hasta centros dotados con «instrumentos que non son nin para principiantes» y en los que apenas hay salas en las que puedan practicar. «Para conseguir unha andamos coma ratas, reservando horas co nome doutra xente para poder facer algo», relatan uno a uno.

Y es que estudiar música no es un juego, es una vocación. Porque solo la vocación puede explicar que unos jóvenes en edad de merecer inviertan entre cuatro y ocho horas diarias a afinar su talento. «O teu instrumento é a túa vida, ten que selo. E se non o é, mellor adícate a outra cousa», sentencia, rotundo, Brais Villar.

En los años ochenta, una profesora de danza de la serie Fama popularizó un frase: «Queréis la fama, pero la fama cuesta». Y tanto. Cuesta maratonianas jornadas de trabajo que incluyen, sí, hasta calentamiento. «Tocar un instrumento é un traballo moi físico». Y para poder soportar largas horas de estudio musical es preciso mantener los músculos a tono.

Así que empiecen a sumar: entre cuarenta minutos y dos horas calentando; dos horas trabajando repertorios y todo lo que el cuerpo aguante interpretando solos y «facendo cousas que nos gustan, traballando nos proxectos propios». Porque si alguna lección se han llevado bien aprendida de la escuela de música de Valga es que «hai que experimentar moito» para dar con la nota correcta, con la clave exacta. Así que hay que mirar alrededor. A los grandes de la música, sí, pero también a los compañeros con los que se trabaja a diario. «Fixándote nos bos exemplos», indica Roi Barros. «E tamén nos malos, para aprender o que non tes que facer», puntualiza Brais.

El proceso de aprendizaje de un músico profesional no termina nunca. Ni tras la licenciatura, ni en vacaciones, «porque se botas sen tocar tres meses o corpo olvídase», explica Adrián, que acaba de iniciar sus estudios en Salamanca, en el Conservatorio Superior de Castilla y León. Su horizonte, de momento, pasa por terminar la carrera. En el caso de Lorena es todo un reto: la matrícula en el conservatorio en el que estudia cuesta la friolera de 10.000 euros.

Sus compañeros lanzan un silbido al oírla. Después reflexionan sobre el futuro, sobre qué harán cuando ya tengan su título bajo el brazo. «Nos conservatorios no te preparan para o despois», explican. Para enfrentarte a un mundo que no siempre valora el trabajo de los músicos como debería. Porque es cierto que a todos nos gusta encender la radio del coche y dejarnos llevar por la música, pero cada día parece que nos cuesta más entender que haya que pagar por un disco. Y no solo por un disco. «Vese ven cando te chaman para tocar. Hai moita xente Que quere contratarte polas copas, ou que vaias gratis, porque como che gusta tocar...».

Esa devaluación social de la cultura se nota en que «cada vez hai menos xente que vai ao teatro» y menos locales en los que se apuesta por la música en directo. De ese mal, tan extendido en España, esperan librarse nuestros músicos saltando fronteras. Todos tienen más o menos claro que su futuro implicará viajar, bien sea para completar sus estudios, bien para establecerse en algún rincón en el que la música y los músicos no sean mirados con la indulgencia con la que se suele mirar a los extravagantes, a los que van por la vida sin partitura.

No queda más que desearles buena suerte. El talento y el esfuerzo ya lo ponen ellos. «Iso é o fundamental». Porque aunque el Plan Bolonia «sexa unha bosta», aunque la sociedad no reconozca el valor de los productos culturales, «o que prima é a capacidade que teña o músico para adaptarse e para elaborar os seus propios proxectos». «Se ti cres no que fas e lle botas horas e ganas, tarde ou cedo iso dará os seus froitos», explican nuestros jóvenes músicos. Así que todos van haciendo su camino. Roi tiene en Mallorca su cuarteto de jazz, el Tesis Quartet; Moisés forma parte de la Big Band Gallaecia; Brais toca en cuatro grupos de jazz y uno de rock, Sleep Walkers; Lorena colabora con un sinfín de orquestas como la Filarmónica de Pontevedra o la Xoven Orquestra de Galicia, y Adrián toca en varias orquestas de Castilla y León y en vacaciones forma parte de un quinteto de cuerda. Eso sí. Cuando regresan a Valga, aunque sea de vacaciones, sacan tiempo para ensayar con la banda de la que salieron. Allí, en el auditorio de Cordeiro, tienen bien ancladas sus raíces musicales. Hoy participarán en el concierto de Año Nuevo. ¿Saben por qué? «Porque tocar e facer música es la Virgen».

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