Los puentes de la discordia en Cortegada

Susana Luaña Louzao
susana luaña VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

MARTINA MISER

De la residencia real a la urbanización de lujo, la tentación de convertir la isla en una península para sacarle mayor rendimiento siempre estuvo ahí; y ahí sigue

26 oct 2014 . Actualizado a las 13:55 h.

Primero fueron los romanos, como lo acredita Plinio el Joven en sus escritos; luego, los vikingos hicieron de ella un enclave defensivo, y ya cuando la Iglesia se hizo con todo, la vieja Corticata se convirtió en lugar de peregrinación con la construcción de la ermita de la Virgen de los Milagros. De ahí, a Alfonso XIII, su palacio real y la conversión de Cortegada en una isla de lujo similar a la de A Toxa, y después la inmobiliaria y sus chalés adosados. Está claro que a lo largo de la historia hubo un empeño recurrente en querer desahuciar a los conejos del lugar y reconquistarlo para los humanos, pero esas incursiones fracasaron hasta la fecha por un dato relevante: Cortegada es una isla; para domesticarla tendría que estar rodeada de agua por todas las partes menos por una; es decir, habría que convertirla en península con la construcción de un puente. Y hubo varios intentos de unirla con Carril; los hubo y los siguen habiendo, en distintos momentos históricos y por intereses más o menos espurios, pero está claro que la posibilidad de llegar a Cortegada andando sigue siendo una tentación para el más depredador de sus vecinos: el hombre.

El primer proyecto del que se tiene constancia es incluso anterior a la compra de la isla y su donación al rey, porque en el año 1903 ya se planteó la posibilidad de unir Cortegada con A Toxa a través de un tren eléctrico, un enlace que no tenía otro objetivo más que el de comunicar dos enclaves que se iban a convertir en lugares de veraneo de lujo para gentes adineradas. De esos ingenios nació la idea de donar la isla al rey y construir en ella un palacio real, y por supuesto, el proyecto ya incluía la construcción de un puente. De haber elegido Alfonso XIII Cortegada como lugar de descanso regio, es muy probable que ahora lo hubiese, y sería muy similar al de A Toxa e iría adornado con balaustradas idénticas a las del paseo marítimo de Carril. Pero la suerte ya empezaba a favorecer a los conejos y al bosque de laurel.

La urbanización

Alfonso XIII murió y en la República la isla fue confiscada, aunque posteriormente Franco se la devolvió a la familia real. Juan de Borbón tampoco hizo uso de ella y decidió venderla por sesenta millones de pesetas a una sociedad, Cortegada SA, que se constituyó con la única finalidad de levantar en la isla una urbanización de lujo, y por supuesto, también un puente. Afortunadamente, Costas no autorizó su construcción y sin puente no había urbanización. Luego cambió la mentalidad social y se apostó por la conservación medioambiental. La Xunta expropió la isla, que pronto se incluyó en el parque nacional Illas Atlánticas. La necesidad de equilibrar el ecosistema con la divulgación de su riqueza natural llevó al actual alcalde, que se alzó así en portavoz de quienes comparten ese punto de vista, a plantear la posibilidad de crear una pasarela peatonal que una Carril y Cortegada; otra vez el puente de la discordia.