Resulta difícil comprender el por qué de la indiferencia de una sociedad, ya maltratada por los recortes, la pérdida de derechos y el deterioro de los servicios públicos, ante una sentencia como la del Prestige. Será que nos hemos acostumbrado a las malas noticias, y que una más no logrará alterar el devenir de las cosas. E imposible entender cómo en un accidente transformado en catástrofe y tragedia por una gestión nefasta de quienes tenían la obligación de enfrentarse a él, no aparezca a la vista de la justicia ningún responsable que hubiera adoptado decisiones erróneas que sean merecedoras de reproche penal, lo que la convierte no solo en tardía, sino en más ciega que nunca y alejada del sentir de la ciudadanía.
Y qué decir de la responsabilidad política. Ni los hilillos de plastilina, ni los ministros cazando, ni la actitud de los gobernantes de la Xunta y del Estado haciendo dejación de sus funciones, provocaron una sola renuncia importante, una dimisión relevante, una disculpa sincera, un coste electoral de futuro.
Como de todos es conocido, las penas con pan, menos penas. Las catástrofes seguidas de una riada de millones para compensar legítimamente a los afectados, pero también con destino inmoral para comprar voluntades, allana el camino de los culpables y cierra la boca de los agraviados y de los que pescan en río revuelto.
Quedémonos con la impagable demostración de solidaridad de las miles de personas que llegaron a Galicia procedentes del resto de España para limpiar las playas, y con la valiente y tenaz lucha de los hombres y mujeres del mar para que la contaminación afectara lo menos posible a nuestras costas, mientras seguimos mirando al cielo y simulando que «chove», mientras «mexan por nós».