El nombre de la cosa

Manuel Villaronga

AROUSA

Aveces hay que ver cómo nos complicamos la vida. Cuando, allá por el siglo XV, hubo que bautizar a tres nacientes villas, nuestros antepasados no se estrujaron mucho la mente, la verdad sea dicha: Si el señor de la tierra se llamaba García de Caamaño, pues Villa-García; si, en cambio, quien mandaba era Xoán Mariño de Soutomaior, pues Vila-Xoán; y si eran los vecinos de Padrón los que venían hasta Cortegada a recoger algas para estercolar sus tierras y con sus carros dejaban profundas huellas, pues El Carril. Y punto. Ellos lo sabían, lo simple funcionaba: Arealonga era donde había longo arenal, en el barrio de la Prosperidad pobres lo que se dice pobres no había, y en O Castro estaba el origen. Sencillo. Efectivo. Luego vinieron los tiempos modernos y en vez de decir la feria, con lo que todo el mundo se entendería, no, le pusimos Ferias y Exposiciones para el Desarrollo de Galicia? y no funcionó.

Cuando, después de décadas discutiendo si se unían o no, Carril, Vilagarcía y Vilaxoán pronunciaron el «sí, quiero», surgió un problema más que inesperado, aplazado: el nombre de la cosa, es decir, cómo llamar al nuevo ayuntamiento. Hubo quien lo quiso complicar y propuso llamarle la Ciudad de Arousa. Otros apostaron por unificar las tres identidades bajo el manto de Arealonga. Pero en uno y otro caso era complejo explicarlo. Y más aún aplicarlo. Al final, el tren, el mismo tren que había acercado a Carril a Vilagarcía, impuso su lógica. Los rótulos de la estación fueron un digno resumen de todo lo ocurrido durante treinta años: De Carril, a Carril-Vilagarcía, luego a Vilagarcía y de ésta a Vilagarcía de Arousa. «O tren que me leva? me leva e me leva polo meu camiño. O tren vai andando pasiño a pasiño e vaime levando cara o meu destino». Ay, si le hubieran preguntado a Andrés do Barro?