«Me he reído mucho con Fraga»

m. cheda SANTIAGO / LA VOZ

AROUSA

Líder parlamentario, portavoz del Ejecutivo, conselleiro de Relacións Institucionais, de Cultura... Con Fraga en el poder, a su lado, lo fue todo. Víctor Manuel Vázquez Portomeñe (Taboada, 1934) compartió con el vilalbés risas y discusiones, abrazos y desencuentros.

-Hay un Fraga oculto al gran público: el del interior del Consello de la Xunta. ¿Cómo era?

-Era pragmático, certero y terriblemente austero tanto en palabras como en gestos.

-Con su fama de autoritario, allí no se le podría discutir...

-No, no, no. No solo se podía discutir con él, sino que, además, agradecía terriblemente que se le fuese sincero. Incluso contraviniéndolo o contradiciéndolo ostentosamente.

-Lo agradecería, pero, ¿había quien le llevase la contraria?

-Sí, naturalmente. El que tenía sentido de la lealtad, el que quería ganarse el sueldo, se sentía obligado a contradecirlo cuando su conciencia, sus conocimientos o su experiencia así se lo dictaban. Yo lo he hecho, y reiteradamente.

-O sea, no era tan fiero el león de Vilalba como lo pintaban...

-Ni mucho menos. Era cordial y terriblemente amable. Esto sin perjuicio de que, de cuando en vez, surgiese el genio que era propio a su figura.

-Por ejemplo...

-Por ejemplo como cuando, en determinada ocasión en el Parlamento y estando él delante, yo di unas instrucciones concretas a nuestro portavoz ocasional para un asunto que iba a tratarse. Y este las interpretó al revés o quiso interpretarlas al revés. De modo que subió a la tribuna y, donde el partido defendía que no, sostuvo que sí, y apasionadamente. Fraga me dijo: «Mire, ya sé que usted no me ha engañado y que, para no desautorizar al hombre este, ahora van a cambiar el voto inicial de todo el grupo [del PP en la Cámara], pero esto, con mi voto, no se aprueba. Haga el favor, yo me levanto, me marcho y usted me llama cuando haya terminado la votación». Y así lo hizo. De estas hay muchas.

-¿Era de secretos Fraga?

-Para cosas importantes, sí, era de secretos, y profundos.

-Ahora ya no importará revelar alguna confidencia...

-Por lealtad obligada, afecto propio y admiración, añadido al hecho de que todavía ha fallecido recientemente, a nadie de nosotros, de aquel círculo, se le debería ocurrir vender cosas íntimas de Fraga, que hubo, pero muy pocas.

-¿Cuál fue el día en que más se rio con él o junto a él?

-Me he reído mucho con él, pero destacaría una vez en que me tocaba inaugurar restauraciones en cuatro iglesias y lo invité para presidir aquellos actos. A la primera [cita], por su particular sentido de la puntualidad, llegó 10 minutos antes, aunque ya estaba todo el mundo esperándolo porque se sabía cómo era. A la segunda arribó con 15 o 18 de margen, pero tampoco hubo problema. En la tercera desembarcamos al unísono comitivas y convidados. Y a la cuarta, cuando llegamos, sencillamente no había nadie. Ni párroco, ni feligreses... Con lo cual me dijo: «Oiga, ¿pero qué puntualidad es la de estos curas que no saben estar en el sitio cuando deben?». Yo le respondí: «Pero carallo, don Manuel, ¿usted no se da cuenta de que falta más de media hora para que esto empiece?».

-¿No hubo malos tragos?

-Naturalmente que sí. Aunque él era enormemente pragmático, los problemas le afectaban de manera grave. Esos días, cuando la solución no era fácil, [los suyos] teníamos una doble carga: primero nuestra preocupación y luego observar la suya, que a veces estallaba en su genio, en su figura.

-Del Fraga poliédrico, ¿con qué cara se queda?

-Con el Fraga al que la historia de Galicia y de España le deben cantidades enormes, probablemente impagables. Y la historia de España, más, pues le deben hitos esenciales de sus propias vivencias, como cuando tomó a la derecha montaraz, la redujo a las vías de la democracia y la erradicó.

-¿Se ha muerto un exjefe o se ha ido un amigo?

-Un exjefe, no cabe duda, que, a la par, era un amigo.

Víctor Manuel Vázquez Portomeñe conselleiro con el león de vilalba