30 jun 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

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icen los libros viejos que los cuervos son aves de mal agüero. Que sus plumas son tan negras como las nuevas que traen. Ese cuervo mitológico portador de malas noticias se posó un día en el alféizar de mi ventana. Igual que le ocurrió a aquel personaje de Poe que vio a uno detener sus alas sobre un pálido busto de Palas Atenea. Uno que a cada pregunta que se le hacía graznaba «nunca más». Aquel bicho no se fue jamás de aquella casa. Y su mal se quedó allí con él. Y el alma de aquel pobre hombre atormentado quedó para siempre perdida en los ojos del cuervo que parecían los de un demonio que estaba soñando. Todos tenemos un cuervo al que enfrentarnos. Uno que viene cuando no se le ha llamado. Y que no quiere volar de vuelta al averno maldito del que proviene. A todos se nos ha caído alguna vez la noche encima. Todos hemos tenido que enfrentarnos a ese graznido que no quiere cesar. A su tormento. A noches eternas y albas que no traen el día. A oscuridades que se tragan toda la luz. Cuando el cuervo viene a visitarte no hay donde esconderse. Tampoco puedes huir. Porque en realidad tú mismo eres el cuervo que te atormenta. Es tu voz hecha graznido la que no soportas. Son tus brillantes ojos rojos de sangre los que te asustan. Son tus sueños de demonio los que no te dejan dormir. Y eres tú el que tienes que gritar «nunca más» en la noche para ahuyentar de la ventana al cuervo que ha venido a visitarte. Al cuervo que eres tú. Tu yo con alas y plumas negras que debe ser espantado. Para seguir volando.